Up and
Down
El chico moreno y atractivo (según decían
ellas) llegaba tarde a la cita. El centro de la ciudad era todo
un atasco. El autobús apenas avanzaba unos pocos metros,
mientras los semáforos cambiaban de rojo a verde y a rojo
de nuevo. El chico moreno empezaba a ponerse verde de ira. Decidió bajarse
y recorrer a pie los últimos cien metros. La cita era
a las ocho de la tarde y ya pasaban cinco minutos. Habían
quedado en el cibercafe Up de la calle de Arriba, a las ocho
en punto, o… ¿era el cibercafe Down de la calle
de Abajo? De seguro era a las ocho y ya eran y siete minutos. ¿Arriba
o Abajo?, se decidió por la calle de Arriba. A las ocho
y diez entró en el cibercafe. El rótulo de neón
estaba medio estropeado, se encendía y apagaba sin control,
con tanto chisporroteo era difícil leerlo. Buscó en
la sala, primero en los ordenadores y luego en las mesas del
fondo. El chico moreno pensó, llego tarde y ella se ha
ido. No conseguía reconocer a su cita a ciegas. Cierto
que habían intercambiado fotos, pero ya se sabe, en los
chats se miente mucho. Por fin creyó verla. Estaba sentada
en la última mesa, a pesar de que el ciber estaba medio
vacío. Se acercó. ¿Puedo? Dijo y ya se había
sentado. Ella no dijo nada, bajó la vista mientras le
miraba de reojo. Le pareció que tenía el cabello
más corto y más oscuro. La chica ensayó una
sonrisa. El chico moreno hablaba y hablaba, el tráfico,
la gente, la ciudad, un asco, el verano... la chica escuchaba,
a veces alzaba la vista. Después de un rato él
le dió su nombre verdadero, atrás quedaban los
nicks usados en el chat, las charlas interminables, la promesa
del encuentro definitivo. Ella parecía algo confusa pero
accedió e hizo lo mismo.
A finales de agosto, los días
empezaban a acortarse, de forma sutil pero sin remedio. Cuando
salieron del cibercafé,
las farolas estaban encendidas. Caminaron por el parque, las
estrellas arriba y la luna asomando entre las copas de los árboles.
Hablaban, luego se cogieron de la mano. Quedaron para el día
siguiente. Se vieron, y al otro también y al otro y ya
no se separaron. En otoño se casaron. Al verano siguiente
nació su primer hijo. A los dos años el segundo.
Las cosas iban razonablemente bien, él trabajaba en una
empresa tecnológica, ella había vuelto a dar clases,
después de la segunda baja por maternidad. Vivían
en un piso decorado con muebles funcionales y lámparas
de diseño minimalista. Llegó de nuevo el verano.
En julio se fueron todos juntos de vacaciones, al Mediterráneo.
En agosto mandaron a los niños a un campamento, habían
cumplido seis y ocho años respectivamente. Ella aprovechó para
ir a visitar a sus padres, a la casa del pueblo. Él se
quedó sólo en el piso de la ciudad. Trabajaba por
las mañanas, por las tardes se aburría, por las
noches, a veces salía a tomar un refresco con algún
amigo. Ya no iba a los cibercafés, prefería bares
de ambiente cool, decoración postindustrial y música...
la música le daba lo mismo.
Un martes por la mañana,
tuvo que ir a visitar a un cliente, en la calle de Arriba. De
camino, pasó por delante del
cibercafe. Estaba cerrado y parecía abandonado desde hacia
meses, o años. El rótulo de neón colgaba
en difícil equilibrio sobre la persiana metálica.
A plena luz del día se podía leer: “Down”. ¿Cómo?
El Down era el ciber de la calle de Arriba, entonces el Up era
el de la calle de Abajo. Sintió un golpe de calor, era
agosto, pero corría una ligera brisa. Se estaba mareando
y se apoyó en la persiana herrumbrosa. Apenas se repuso,
se alejó calle adelante mientas se limpiaba con un pañuelo
de papel, la mano sudorosa y sucia. Después de visitar
al cliente volvió a pasar por delante del local cerrado
y abandonado. No quiso mirar, continuó calle adelante,
mientras con el pañuelo se frotaba la mano, enrojecida.
En
septiembre, toda la familia se reunió de nuevo, pero...
Ella volvió a sus clases, los niños al colegio
y él... El chico moreno, que aún era atractivo
(según decían ellas) no parecía el mismo.
No discutía con su mujer, ni los más mínimos
detalles domésticos, siempre irritantes por banales y
previsibles, prefería asentir y callar. No regañaba
a los niños, por el patinete sobre el parquét,
por las pegatinas en los muebles de diseño. Su trabajo
comenzaba a aburrirle, para colmo ahora tenía horario
de mañana y tarde. Cuando salía, no regresaba a
casa. Caminaba dando largos paseos, largos rodeos por la calle
del Este, por la del Oeste, nunca por la calle de Arriba, siempre
cerca, pero no, aún no, por la calle de Abajo. La verdad
era evidente y estaba ahí fuera, pero no había
misterio. Ella se dio cuanta y por eso lloraba sentada en el
borde de la cama, antes de que los niños volvieran del
colegio. Cuando él regresaba de noche, aún lo hacía,
cenaban en silencio, dormían en silencio, hablaban en
silencio. Todo estaba dicho. Una tarde de invierno, el chico
se acercó hasta la calle de Abajo, miró desde la
esquina, pero no siguió adelante. Una tarde de primavera,
se adentro en la calle y llegó a leer el rótulo
de neón: “Up”. Dentro había luz, no
podía ver si mucha gente.
Una tarde de agosto, entró en
el cibercafe, uno de los pocos que habían sobrevivido
a las modas y a los años.
Los ordenadores estaban encendidos, pero nadie navegaba, ni chateaba,
ni... El local estaba casi vacío, sólo en una de
las mesas del fondo... El chico que aún era moreno y atractivo,
se acercó. ¿Puedo? Se sentó sin esperar
la respuesta. La chica le miró y asintió con una
sonrisa triste, un poco cansada. Tenía el pelo más
corto y más claro, pero la reconoció sin ninguna
duda. Él callaba, ella guardaba silencio. Él se
atrevió con una disculpa, ella puso sus dedos sobre los
labios del chico y los selló en el silencio. Salieron
a la calle, las farolas estaban encendidas. Caminaron por el
parque, bajo las estrellas. La luna asomaba entre las copas de
loe árboles.
En un piso moderno y apagado, los niños
ya dormían
y una mujer lloraba sentada en el borde de la cama.


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