Roberta
Aquel verano Alfonso descubrió el amor,
y Roberta descubrió a Alfonso.
Alfonso está sentado
sobre una piedra. Mientras silba una tonada, desbasta con la
navaja una vara de avellano. De vez
en cuando mira el paisaje que se abre ladera abajo, en un pequeño
valle de la Cordillera Cantábrica. Una brisa aún
caliente remueve las ramas de los árboles que ya se pintan
de ocre y dorado al comienzo del otoño. Levanta la vista
y se queda pensando. Las vacas están recogidas en la cuadra
y la hierba apilada en el payo. Entra en la casa. Su madre pela
patatas sobre el delantal. El hogar de leña está encendido.
En el fuego, el trípode sostiene una perola y el humo
asciende y se escapa a través del tejado de lastras de
piedra.
-Me voy para donde Lorenzo -dice Alfonso a su
madre, que sigue con su faena.
Lorenzo vive en un pueblo al otro lado de la pequeña sierra
de empinadas peñas. A Alfonso le gusta conversar con su
amigo Lorenzo.
-Las hembras cuando comen, parece que comen con
toda la boca ¿verdad
Lorenzo?
Lorenzo sonríe enseñando los dientes, pero no dice
nada.
Alfonso recuerda la tarde de la fiesta pasada, en la romería
de pueblo.
Está sentado con su amigo en la plaza y ve a las mozas
que hablan y ríen. Ella lleva un leve vestido de color
ciruela verde. Está comiendo un gajo de sandía
y el zumo le resbala por la barbilla. Se limpia con el dorso
de la mano, mientras escupe las pepitas. Sus amigas le hablan
al oído, ella se ríe y mira a Alfonso. Durante
toda la tarde, Alfonso la persigue con la mirada, pero no se
atreve a acercarse. Ella baila con los otros mozos, mientras
le mira de reojo. La fiesta termina y las luces de la plaza se
apagan. Alfonso la ve marchar por la carretera apenas iluminada.
En el cielo hay menos de media luna, que parece un gajo de sandía
escarchada.
-Las hembras cuando andan, parece que cabalgan, pero sin burro
ni mula ¿verdad Lorenzo?
Lorenzo se ríe y se rasca una oreja, y los dos siguen
por una carretera que se hace camino. Cuando llegan al recodo
del árbol caído, la muchacha le espera sentada
sobre unas piedras. Coge a Alfonso de la mano y le lleva detrás
de la tapia. Allí le besa, primero en los labios, después
con toda la boca. Caen de rodillas sobre la hierba recién
segada. Ella le aparta un poco, libera la hebilla de su cinto
y le baja los pantalones. Le atrae hacia sí y le rodea
con brazos y piernas. Alfonso siente como se vacía y se
disuelve. Por momentos le parece que el prado flota y el cielo
de infinitas estrellas está más cercano.
-Las hembras cuando te abrazan, es como si te confundieran, tú ya
no eres tú, pero ellas si son ellas ¿verdad Lorenzo?
Lorenzo sonríe, da una patada a una piedra y los dos siguen
andando por el camino. Llegan donde Lorenzo y sin hacer ruido
se acuestan en el piso de arriba, sobre la hierba apilada. Alfonso
se queda mirando un trozo de cielo azul a través del ventanuco
y siente una pequeña tristeza. Se acuerda de la muchacha,
pero no sabe su nombre, cierra los ojos y la ve con su vestido
verde, tendida sobre la hierba que es azul y el cielo azul con
pepitas de sandía escarchada.
Roberta se despierta, la
vida la llena y la empuja. Sale al sol de la tarde y contempla
el monte y las sendas, ladera abajo.
Algo crece dentro de ella y siente un apetito y un ansia que
la estremece. Una brisa todavía caliente remueve las copas
de los árboles. Algunas hojas caen y se quedan prendidas
en su pelo corto y brillante de hembra joven. Comienza a bajar
por la ladera, con la cabeza levantada, oliendo los aromas que
la brisa trae en volandas. Coge moras y endrinas de entre las
zarzas y se las mete en la boca a pequeños puñados.
Es
media tarde y Alfonso va para donde Lorenzo. Cruza por un pequeño
puente de piedra sobre el río, junto al
que crecen unos fresnos. Va por un camino estrecho rodeado de
tapias bajas que bordean prados y cabañas. Atraviesa un
bosque de robles y hayas y sale a una senda que asciende penosamente
por la sierra.
De repente oye un crujir de ramas sobre su cabeza,
más
arriba, en la ladera casi pelada. Piensa en los animales del
bosque. El lobo no puede ser, el lobo no baja si no tiene mucha
necesidad. Él lo ha visto en manada, al borde del pequeño
bosque que corona la sierra. El jabalí no avisa, entra
de golpe, atropellando las huertas y escapa cuando se le hace
frente con una buena tranca. El oso... no sabe como es el oso.
Ha oído contar historias de enormes animales más
altos que un hombretón, desafiantes y erguidos en medio
de una senda, pero él nunca ha visto al oso.
Alfonso está a
mitad de camino, con la montaña
a un lado y el barranco al otro. Ve venir a Roberta, aunque él
no sabe su nombre. La senda es muy estrecha. No puede volver
atrás ni apartarse, así que el encuentro es inevitable.
Roberta se abalanza sobre él y caen rodando por el terraplén.
Alfonso se resiste como puede, pero ella le abraza fuertemente
mientras le busca el cuello. Alfonso se rinde. Siente su cuerpo
dolorido contra el prado. El cielo inmenso arriba le parece más
cercano. Luego sus ojos se llenan de oscuridad. Siente que se
vacía y se disuelve, abre la boca, pero no pronuncia ningún
nombre.
La tarde cae sobre los recogidos valles de los
Montes Cantábricos.
Dos guardas forestales han parado el todoterreno al lado del
camino, cerca de la cima de la escarpada sierra.
-Las hembras cuando están preñadas tienen querencias
raras ¿verdad?
-Si que tienes razón.
Uno de los guardas, escudriña con los prismáticos
las peñas y sendas del pequeño y pronunciado valle,
el otro consulta un cuaderno de tapas duras.
-Una hembra joven, junto a la senda, bajo el bosque de hayas.
-Yo también la veo, por el pelo y la edad, debe ser Roberta.
-Roberta, osa parda; cuatro años.
-Será mejor que nos acerquemos, veo un paisano muy cerca,
en el prado.
-Parece dormido, ¡vaya horas de echar la siesta!


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