Cuento
de no-Navidad (2006)
“En varias ocasiones emprendí el
estudio de la metafísica,
pero me interrumpió la felicidad”
Macedonio Fernández
Siento tener que decirlo, pero odio la Navidad.
Respeto la práctica privada
de cualquier tipo de liturgia basada en creencias personales, religión
o superstición, me da igual, pero odio el escandaloso espectáculo
de las fiestas colectivas, con su sobredosis de adornos luminosos, música
cursi, gastronomía indigesta y alcohol a chorro. ¡Puaf!
Además,
cada año la Navidad empieza antes. Todavía es noviembre
cuando ya cuelgan bombillitas de colores en las calles y es Navidad en los
grandes almacenes. La gente comienza a adquirir cosas que no necesita y que
difícilmente
puede pagar. Todo el mundo se apunta a interminables veladas ya sea con la
familia, los amigos o los compañeros de empresa, haciéndose
eco de la llamada de la tribu para luego ignorarse, envidiarse u odiarse. ¡Grrr!
Y
sobre todo, lo que más me molesta es la imposición de una
felicidad hipócrita y una paz mentirosa. En estas fechas se pide
a los seres humanos que olviden sus rencillas familiares, nacionales, mundiales
y hasta
interplanetarias:
la felicidad por decreto, la paz de cartón piedra. ¡Uf!
Estoy
harto, muy harto. Hace años que no celebro la Navidad, no como
Dios manda, me explico: no hago regalos a la familia ni a los amigos,
tampoco
los acepto. Quizá me facilita este plan tan austero el hecho de
que apenas tengo familia. Los pocos amigos que conservo ya conocen mi
carácter. ¡Ejem!
Mejor no llevarme la contraria.
Así que para celebrar tan señaladas
fechas, libre del trabajo en la oficina, me quedo en casa leyendo un
libro, uno de los muchos que aún
no he leído o uno de los que he releído tantas veces.
Pongo un disco de Eric Satie o de John Coltrane, me recuesto en mi
sillón
preferido y dejo el mundo al otro lado de la puerta. Ustedes dirán
que soy un ser antipático y poco sociable y no les falta razón.
Pero prefiero ser un lobo estepario que un cordero del rebaño. ¡Ahí queda
eso!
Aunque a veces la vida te sorprende y encuentras
a alguien que camina a tu lado. Alguien capaz de compartir tu
mundo sin dejar de
ser como
es.
Hace
unos pocos
meses que la conocí, un ser que con su rara presencia me hace
olvidar el desorden de un mundo arbitrario, me hace olvidar hasta
la insoportable pesadez
de la Navidad. ¡Jeje!
Estos días apenas salgo de casa.
Me asomo desde mi terraza, un noveno sobre la avenida principal,
y observo. Abajo discurre el hormiguero frenético,
obreras, zánganos, reinas de ocasión, chocando y
porfiando mientras arrastran sus pesados paquetes, saludándose
con dentaduras recién
implantadas y rictus estirados, cuerpos liposuccionados bajo las
ropas de marca, apestando en la marea de perfumes y desodorantes,
que incumpliendo falsas promesas
te abandonaba a media tarde. ¡Ag!
Hace unos días Ella
vino a visitarme. Llegó con su abrigo oscuro
y su sonrisa clara. Abrimos una botella de vino, ni muy joven
ni muy viejo, Coltrane acariciaba “My Favorite Things” Nos
besamos. Cuando se fue, el cielo era negro y sin luna, la calle
estaba sucia. Me sentí desolado contemplando
el desorden del universo.
Esa tarde he estado escribiendo una
nota, buscando las frases precisas. No quiero que mis últimas
palabras sean malinterpretadas, quiero decir algo y decirlo clarito.
He pasado la nota a limpio y la he dejado sobre la mesa. Me asomo
de
nuevo a la terraza. Sólo hay que dar un paso y el ruido,
la náusea
y todo el horrible espectáculo de pornografía sentimental
desaparecerá.
Fuera se oye el estruendo del hormiguero,
dentro suenan unas campanitas. Sólo
hay que dar un paso, tomar una decisión y ¡a la
porra! Suenan unas campanitas, quizá alguien llama a la
puerta. Un paso adelante y no más
tristezas. Me aparto de la terraza y abro la puerta. Ella entra
con el abrigo en la mano y la sonrisa puesta. Rodeo su cintura
con mi brazo, nos besamos. Cierro
el balcón y la ofrezco una copa de vino. Entonces tomo
las cuartillas que dejé sobre la mesa y le digo: He escrito
algo. Ella asiente con una sonrisa maliciosa. Antes de empezar
a leer añado: He escrito un cuento
de no-Navidad.


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