Los muertos
nunca mienten
Al apareció de repente en la esquina de la avenida. Llevaba una gabardina impermeable y el sombrero calado sobre una mueca de desprecio.
Berta acababa de salir del hotel. Iba a encender un cigarrillo cuando se quedó congelada a doce centímetros del suelo, sobre sus zapatos de tacón.
Al avanzó sobre el pavimento mojado hasta tocarla con la punta de un dedo, una estatua de mármol glauco al borde de la catástrofe.
Berta tiró el cigarrillo al suelo y lo pisoteó como una niña contrariada. Eensayó una sonrisa mientras balbuceaba.
- Tú y yo podremos pasear juntos bajo ese cielo estrellado.
- Perdona, pero no te creo. Has dicho tantas mentiras.
- Lo siento Al, pero ellos me dijeron que estabas muerto.
- No, Berta, sólo estaba fuera de la cuidad.
- Bueno, yo les creí cuando me lo dijeron.
- Es mejor que sigan pensando que no estoy aquí.
- Pero yo te he visto y si me preguntan…
- Tú no dirás nada.
- Pero yo no quiero mentir.
- No te preocupes, Berta. Los muertos nunca mienten.
Al la tomó del brazo, Berta no opuso resistencia. De nuevo comenzó a llover y los dos desaparecieron bajo un aguacero de lágrimas sucias que calaba el rencor hasta los huesos.


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