La insoportable
pesadez de la Navidad (2005)
No. no y no, este año no paso por el aro,
ya está bien de tanto consumismo y tanta tontería,
te lo digo en serio, Lucía, este año yo mismo voy
a hacer los regalos… con estas manitas. ¡Ay Alberto!
mira que eres radical, no ves que los niños son pequeños
y tienen mucha ilusión. Mucha tontería y mucha
publicidad que les tiene comido el coco, está decidido,
este año los regalos los hago yo.
Alberto era un tipo muy
apañado y bastante cabezota, así que
por las tardes, dale que te pego, se puso a la tarea. A su niña
le hizo una muñequita de trapo aprovechando unos pantalones
de pana que se habían quedado pequeños y una toalla
rosa que estaba deshilachada; a su niño le construyó un
camión con volquete, hecho con dos cajas de zapatos, las
ruedas de goma de borrar redondas y de colores. ¿Y para
su mujer? Se acordó de un poema de Rabrindanath Tagore
que sabía que le gustaba mucho, lo copió con su
mejor letra en un pliego de papel de arroz, lo enrolló y
lo ató con una cinta roja.
Pues yo a mis niños no
les dejo sin sus juguetes, afirmó tajante
Lucía, ni a mis sobrinos, ni a los tuyos, ni a mis padres
les dejo sin un detallito, ni a mi amiga Pili, ni a mi amiga
Marta, ni…. así que me voy al centro comercial y
tú puedes hacer lo que te de la gana, que es lo que haces
siempre.
En la fecha señalada, Alberto había
terminado sus pequeños presentes y Lucía que los
vio… pero
al menos tendrás el detalle de envolver “eso” en
papel de regalo. Pues no pensaba. Pues es que no piensas, hijo.
Pero si insistes. Lucía insistió, así que
Alberto se puso el abrigo y bajó a la calle, hacia la
papelería de enfrente. Y date prisa, le gritó Lucía,
que esta tarde traen los regalos del centro comercial.
Alberto
iba a cruzar la calle cuando el camión de reparto,
que venía a toda velocidad, derrapó en el pavimento
mojado, dio una vuelta de campana, se abrió la puerta trasera
y salieron disparados todos los paquetes que cayeron sobre Alberto.
El camión dio otra vuelta y pasó por encima de
la montaña de cajas de todos los tamaños y colores.
Lucía
que oyó el estruendo, bajó a la calle
y comenzó a apartar los regalos, muy enfadada porque estaban
todos rotos y manchados. Los retiraba uno a uno, la muñeca
que se pone mala, los videoconsolas que meten miedo, los perfumes
y las corbatas de marca, hasta que retiró el último
guiñapo informe: la cocinita que lo tiene todo, grifo
monomando, vitrocerámica, horno que calienta de verdad,
parece tan real… hasta te la sirven con setenta kilos de
carne picada.


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