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Desafinado

Permítanme que me presente, me llamo Obstinato Corchea y soy afinador de pianos. No es un mal trabajo, me proporciona lo necesario para vivir, sin lujos pero sin apuros ya que mis vicios y virtudes son parejos, escasos y poco constantes. Además de pagarme por mi trabajo, en ocasiones me obsequian con entradas para asistir a algunos conciertos, ofertas que prefiero rehusar por motivos que más pronto que tarde quedarán desvelados. Pensarán que soy desagradecido y poco sociable. Están en lo cierto y además vengativo, nadie es perfecto.

No es que no aprecie la música, pero en este como en otros asuntos, prefiero mantenerme a cierta distancia. La música es la más subjetiva y engañosa de las artes, capaz de elevar el espíritu con promesas de efímera belleza, para luego precipitarlo en las simas más profundas de la desesperanza. Lo de afinar pianos es diferente, es una técnica, un oficio neutral. Cierto es que hay que tener oído y cierta sensibilidad, pero…

Ustedes se preguntarán ¿dónde está el problema? El problema está en la naturaleza contradictoria de mi actividad ya que afinar un piano, poner a punto para el concierto ese maravilloso instrumento, consiste precisamente en dejarlo un poco desafinado. Si el “la sostenido” tuviera la frecuencia exacta al “si bemol”, el oído humano no podría soportar tanta exacta belleza y la mente sufriría las consecuencias. Mi trabajo consiste en dejar el piano algo desafinado.

Sólo en una ocasión cometí el terrible pecado de orgullo al afinar con demencial exactitud algunas de las cuerdas de aquel piano. El fatal resultado no podía ser otro, la joven promesa de la interpretación, mimado por la crítica y aclamado por el público, sufrió las consecuencias. La pureza del sonido y la exactitud en el tono, convirtieron una actuación memorable en un viaje sin retorno hacia la locura.

He vivido estos años espiando mi culpa, afinando, digo, desafinando pianos. Todos estos años hasta ayer mismo. El solista del concierto que ustedes van a presenciar cometió la terrible ofensa de halagar mis dotes musicales y proponer que me convirtiera en concertista. No, gracias, la música es algo demasiado peligroso para una mente sensible y unas manos expertas. En venganza, he decidido afinar con definitiva exactitud todas y cada una de las cuerdas de este piano. El efecto, no sólo sobre el concertista, sino sobre todo el público asistente no tardará en notarse. Que ustedes lo disfruten y si pueden, me perdonen.


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