Cuentos
que yo, solo, me cuento
Cuentos que escribí mientras creía
que la felicidad era imposible y por eso tenía que inventarla
a través de estas historias, que no lo son, sólo
se le parecen.
O trozos de vidas que tomé prestados, historias
que me contaron o que yo imagine que lo hacían sin despegar
los labios, sin mirarme, sin saber que yo les estaba inventando.
Algunos ejercicios que realicé para los talleres
de narrativa a los que he asistido, talleres en los que he aprendido
muchas
cosas
que no sabía y otras que ni siquiera imaginaba, gracias
a la generosidad de las escritoras y escritores que los han dirigido. Cuentos
de Navidad o de no-Navidad, que no es lo mismo, porque odiamos
la maldita, la insoportable obligación socializada
de ser felices y preferimos serlo individualmente.
Cuantos idiotas,
porque en estos tiempos (como en todos), en los que se valora
por encima de todo el poder y el dinero, la inteligencia es un
cualidad
rara que muchos pretender poseer pero pocos se afanan en practicar.
La mayoría de los actos individuales y colectivos son
ajenos a toda forma de pensamiento inteligente, a la vista de
los resultados,
desde luego. Uno, que es algo tonto (permítanme que me
ponga la venda antes que la herida) se entretiene escribiendo
estos cuentos,
guiado por la estúpida idea de que partiendo de la idiotez,
quizá llegue a alcanzar las más altas cotas de
la estulticia. Cuentos tristes o paranoicos, y cartas escritas
desde lugares
inverosímiles,
que poco a poco les iré enviando.
Y a veces pienso y hasta
escribo (puedo hacer dos cosas al mismo tiempo) comentarios sobre
libros que me gustan y no me gustan,
sobre películas que quizá no entiendo, sobre temas
que no domino en absoluto y por eso acepto el desafío
de mirar con ojos nuevos cada día, volverme del revés
y mostrar los forros del pensamiento.


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