CAPITULO 31


El lugar escogido para la reunión del grupo de Resistencia, GR, era un inmueble ubicado próximo al Hipódromo de Monterrico donde solían reunirse habitualmente los adinerados miembros del Club de Criadores de Pura Sangre. Juan Jose Inchaustegui, un trujillano criador de caballos de paso y colaborador de la Resistencia, había conseguido el lugar, indicando que por tratarse de un día sin carreras el sitio ofrecía absoluta privacidad.
En la sala había unas ochenta personas entre hombres y mujeres, pocos jóvenes y tres niños, de entre 12 y 14 años. Kinley presentó a Charlie Franco, mencionando algunos aspectos relevantes de su curiculum e hizo hincapié en su apodo de "la amenaza latina". Le invitó a tomar asiento en una testera y le presentó a los miembros peruanos del GR, la mayoría de los cuales militaba también en la organización "Plataforma al 3000".
De inmediato tomó la palabra Humberto Alvarado, un profesor que años atrás se hizo famoso por encabezar la lucha de la sociedad progresista del Perú para que se admitiera el ingreso a clases en secundaria de las muchachas embarazadas. Con un bien logrado poder de convicción, Alvarado se enfrentó con éxito al Ministerio de Educación y a los integrantes de la Conferencia Episcopal Peruana.
Alvarado inició su exposición con una documentada reseña de los efectos causados por la epidemia que asolaba a la humanidad a causa de los efectos del virus Anta. Explicó que en distintos laboratorios del mundo se trabajaba día y noche en busca del antídoto, y como las mayores esperanzas se cifraban en el trabajo de los científicos de la Universidad Libre de Berlín que operaban junto a médicos del hospital madrileño Ramón y Cajal.
Sin embargo, explicó Alvarado ante la atenta concurrencia, existía otro grupo de científicos que estaban provechando la gravísima situación para reflotar viejas aspiraciones de pureza racial, entre los cuales destacaba el grupo del profesor Adolfo Groteboer, al que, según tenía entendido, también se le conocía en el mundo científico por varios nombres falsos, entre ellos los de José Negrín y Bernard Gascón.
En opinión del profesor Alvarado el intento de quel grupo de científicos habría tenido éxito de no mediar la acción llevada a cabo por los hackers de "Plataforma al 3000" que lograron entrar a la memoria de su ordenador y alterar el software con el que trabajaba su equipo.
- El mayor problema -puntualizó Alvarado- es que el grupo de Groteboer se desenvuelve en un ambiente de alto nivel científico donde gozan de respeto y credibilidad. Por ello hemos decidido iniciar, como acción prioritaria, una campaña de de denuncia y sensibilización en la opinión pública para la cual tenemos todo el apoyo de diversos grupos ecologistas.
Seguidamente Alvarado entregó a Franco dos dossiers con textos, gráficos y estudios preliminares del avance de las investigaciones. El segundo dossier incluía los experimentos en ingeniería genética realizados por científicos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, continuados posteriormente en una colonia instalada en el sur de Chile.
Todos los presentes miraron inquisitivamente al matemático, que visiblemente incomodado sólo atinó a decir:
- Espero que comprendan mi estado de ánimo. Todo mi trabajo de estos años está en tela de juicio, he sido bombardeado en las últimas horas por ideas, descabelladas algunas y bastante sensatas las otras. Sinceramente pienso que merezco un respiro para reflexionar, no creen ustedes?


Maria Eugenia Vargas. (Antofagasta- Chile). ujso@reuna.cl


 

CAPITULO 32

Charlie Franco y Wayne Kinley continuaban parados en el medio del almacén abandonado. Charlie lo miraba con miedo. Suficiente había sido el hecho de haber sido raptado por un demente que hablaba solo. Esto de la espera ya era demasiado.
Durante los últimos 30 minutos Kinley había estado demostrando una y otra vez que no era otra cosa que un loco de remate. Lo había llevado a la fuerza a ese almacén, en el que supuestamente conocería a los miembros de la resistencia. Era lógico suponer que la mente enferma de un empresario desquisiado como Kinley no pudiese inventar algo mejor.
En todo caso, habían entrado ambos al almacén sólo para encontrarse con un almacen vacío. O por lo menos para Franco, que aun vivía en esta realidad. Kinley, al mejor estilo del Quijote, se había imaginado que el lugar estaba lleno de dirigentes e intelectuales y había tenido una conversación con todos ellos. Charlie había tenido que estar parado allí mientras el fundador de MC había hablado solo al aire. Pero hubo un momento en el cual Kinley se tornó agresivo. Fue cuando uno de sus amigos imaginarios supuestamente le había hecho entrega de algo, tambien imaginario, y Franco no había reaccionado.
Habían estado parados allí por dos horas ya. El matemático no sabía qué hacer. Si bien era cierto que le gustaba el trato humano mucho más que a sus colegas del inofensivo Proyecto Robin, simplemente no sabía qué hacer ante una situación como esa. Así que decidió jugárselas.
-Ya se han ido todos? -preguntó Charlie nervioso.
-Shs. -dijo Kinley con un movimiento de brazo. -No me deja entender lo que dice. -señaló a una esquina del almacén.
Esto ya era demasiado. Disimuladamente Franco comenzó a retroceder. Llegó hasta la puerta. Kinley parecía no haberse dado cuenta. Franco abrió la puerta y salió, no sin antes mirar a un perfecto demente, en el medio de su fantasía. Lo último que hizo antes de salir del lugar fue preguntarse qué sería capaz de hacer ese loco. Porque definitivamente se trataba de alguien peligroso.

 

Hans Erick Rothgiesser Franco (Perú). rothgies@amauta.rcp.net.pe


 

CAPITULO 33

El matemático se alejó sigilosamente del lugar. Temía volver la vista. Su cabeza era una auténtica confusión y no podía establecer la frontera entre lo real y lo imaginario. El almacén vacío, Kinley, el profesor Alvarado... Intentaba procesar los hechos. Miró a un costado y vio dos caballos de carreras pastando. Sintió que recuperaba parte de la confianza, si es que se podia hablar de confianza en esos momentos. Mientras intentaba alejarse del Hipódromo, le alcanzó un auto: era el profesor Alvarado quien se ofreció a llevarlo al centro de la ciudad. Venciendo su resistencia inicial, subió al coche, Alvarado lo miró de costado y le sonrío:
- No se preocupe profesor, todo saldrá bien, lograremos encontrar un antídoto a la peste, sin que tengamos que deshacernos de media humanidad.
Luego ambos quedaron en silencio y asi hicieron el trayecto. Al llegar a Miraflores, en una céntrica Avenida, Franco se despidió, como si no fueran a verse más.
- Seguirá teniendo noticias de nosotros, le aseguró Alvarado.
Franco caminó deprisa, intentaba controlar una suerte de delirio de persecución que le acompañaba prácticamente desde que dejó Iquitos. Sintió de pronto la urgente necesidad de comunicarse con su familia: eran su cable a tierra. Cuando todo se ponía difícil y parecía no haber solución llamaba a casa,. Las frescas noticias de su esposa Lourdes y de sus hijos Anamaría, de 19 años y Aldo de 21, le ayudaban a recuperar la energía necesaria para continuar con el trabajo.
Como era habitual no hubo reproches. Su esposa Lourdes estaba acostumbrada a sus largas estadias fuera de la casa y en rigor había recaído sobre ella todo el peso de la educación de los hijos.
- Qué tal los chicos? -pregunto.
- Están bién. Anamaría está muy contenta con sus estudios de Arquitectura, quiere dedicarse al urbanismo ecológico, se ha inscrito en un colectivo medioambientalista y anda distribuyendo panfletos en la Universidad en favor de desarrollar vacunas que no afecten los ecosistemas y menos a las personas que forman parte de ellos.
- Vaya, vaya..., supongo que mi hija no terminará protestando en contra de los proyectos en que trabaja su padre -dijo Franco, intentando aliviar una fuerte puntada que sentía en el abdomen.
- Está muy entusiasmada -prosiguio Lourdes, y luego paso a contarle los avances de Aldo que estudiaba ingeniería en la UNI.
Tras un momento de silencio Lourdes le dijo con un tono de voz algo extraño.
- Llama a los chicos de vez en cuando Charlie, interésate por sus cosas, ellos preguntan por tí, pero he notado que en los últimos años esta preocupación es más bien instrumental que real, ellos han crecido y están cambiando mucho; quiero que me prometas que los llamarás. Ah, casi lo olvido, a propósito de llamados, telefonearon desde Iquitos, te han tratado de localizar en Lima, pero no han podido, creen que no has revisado el correo electrónico, te han dejado muchos mensajes, tienes varias peticiones de entrevistas de diarios y canales de televisión extranjeros y también te han citado de la Comision de Medio Ambiente del Congreso. Me pareció que el doctor Pereira estaba algo preocupado cuando llamó, no se por que pero imaginaba que habrías venido a casa y me quedé con la impresion que pensaba que te estaba negando.
- Tienen razón, hace más de 48 horas que no conectó el correo y no he estado en el hotel. Es una larga historia, después te contaré. Dile a los chicos que los llamé y que los quiero mucho... -guardo silencio y colgó.
De vuelta al hotel encedió su ordenador, abrió el panel de audio y puso un CD de Chopin; necesitaba una polonesa que le reanimara un poco y le ayudara a sobreponerse a los mensajes que leería dentro de poco. Fue a su casilla personal y efectivamente estaba inundada de mensajes. Estaban los pedidos de entrevista y un largo mail del profesor Bernard Gascón, quien lamentaba los sucesivos fracasos de sus intentos de encuentro. Le anticipaba los éxitos iniciales de su equipo para construir el prototipo de la máquina de ultrasonidos insecticidas y los posteriores problemas para desatar el nudo gordiano que se produjo en la fórmula. Le urgía a formalizar un encuentro y concluía con la siguiente PD. "Nota: Si alguien le cuenta una curiosa historia sobre un tal Groteboer, no se crea nada, hay demasiado en juego en este proyecto y los laboratorios rivales son capaces de cualquier cosa con tal de desacreditarnos".
Siguió mirando los correos y se detuvo ante uno que le llamó poderosamente la atención, distrayendolo de los acordes de Chopin. Sintiendo que volvía la puntada al costado de su cuerpo lo abrió y lentamente comenzo a leerlo.

Maria Eugenia Vargas (Antofagasta - Chile). Ujso@reuna.cl


 

CAPITULO 34


Uno de los tantos empleados de MC corría por uno de los pasillos. La cantidad de papeles que llevaba en la mano únicamente podía significar una cosa: se trataba de información confidencial. Debido a la cantidad de hackers y cyber-cowboys que habían en el medio la información de vital importancia para MC siempre era guardada de manera física, es decir, impresa y no en computadoras.
Y ciertamente la información que Walter Sagart llevaba a uno de los gerentes de la empresa era importantísima. Abrió la puerta de la oficina sin anunciarse y de dos pasos llegó al escritorio de su jefe.
- Lo saben -le dijo.
El gerente lo miró extrañado. No entendía a que se refería.
- Perdón? -preguntó, con una computadora de bolsillo en la mano.
- Sindicorp. Lo sabe.
El gerente se puso tenso. Sindicorp había sido la más dura competidora de MC en los últimos 10 años. Se trataba de una empresa en extremo ágil y con un equipo de espionaje industrial formidable. Cualquier cosa que implicase a Sindicorp no podía ser bueno para MC.
- Qué saben?
- La cura potencial a la plaga. La que estaba desarrollando el tal Gascón. La que requería de la intervención del loco peruano. El...
- Charlie Franco -terminó la frase el gerente al ver que su empleado se demoraba-. Lo han averiguado?
- Así es.
El gerente se quedó callado. No hacían falta más explicaciones. Sindicorp tenía la patente de uno de los sueros que demoraban los efectos de la plaga. En términos prácticos, Sindicorp vivía del virus Anta. Millones de dólares eran pagados cada mes con la esperanza que el Suero Vecto-1 otorgase unos días más de vida. Es decir, una cura a la plaga significaba pérdidas de millones de dólares. El gerente sabía perfectamente que Sindicorp no permitiría que eso pasase.
- Hace cuánto lo saben? -preguntó el gerente mientars caminaba a la puerta.
- Hace tres días.
Más que suficiente para contratar sicarios y encargar un par de muertes. En el decadente mundo moderno eso no era para nada difícil.
- Irán tras Charlie Franco -dijo el Gerente-. Estoy seguro. Gascón no es nadie. No vale la pena. Sin embargo, Franco es único. Sin él Gascón no podría completar la fórmula. Rápido, contacten a nuesrta gente en Lima. Que...
Pero ya no tenía caso. En ese mismo instante una de las mucamas de uno de los hoteles de Lima recorría el pasillo con sus utencilios de limpieza. Era un trabajo desagradable, pero pagaban en extremo bien. No mucha gente se atrevía a limpiar las cosas ajenas. Era bastante peligroso. Y por otra parte, menos gente aún estaba dispuesta a dejar que una extraña limpiase sus cosas.
Llegó al ascensor y se dispuso a bajar a cenar. Un ruido extraño llamó su atención. Al grito de desesperación le siguió un extraño golpe. La mucama caminó deprisa hasta la puerta del cuarto del que había surgido el grito.
Abrió la puerta con la llave maestra. Y lo que vio la dejó sin sueño por mucho tiempo. El cuerpo sin vida de Charlie Franco yacía en el medio del cuarto. Su pecho estaba abierto por el disparo de una potente arma. Habían trozos de carne quemada en las paredes. El matemático peruano estaba muerto.

Hans Erick Rothgiesser Franco (Perú). rothgies@amauta.rcp.net.pe


 

CAPITULO 35

La celeridad de la policía peruana en llegar al lugar del crimen dejó perplejos a empleados y clientes del hotel. También su espectacularidad, ya que varios vehículos policiales frenaron ante la entrada, escupiendo a la acera una docena de hombres uniformados y equipados como si se dirigieran a participar en la tercera guerra mundial. Celeridad y espectacularidad que estuvo acompañada de las mismas malas maneras, y en eso, como pudieron comprobar todos los presentes, no había cambio alguno con respecto a intervenciones anteriores, cuando tras ser requerida inistentemente su intervención llegaban tarde y casi clandestinamente.
Los policías, ocultando sus rostos detrás de cerrados pasamontañas, tomaron posiciones en todas las puertas del hotel. Dos de ellos, los únicos que vestían de paisano, se dirigieron a uno de los ascensores y pulsaron el piso donde la mucama esperaba, todavía no recuperada del ataque de histeria, junto a la habitación donde se hallaba el cadáver de Charlie Franco.
De un empujón uno de los policías apartó a la criada de la puerta.
- Quita de ahí, jodida india -exclamó.
Lo dos policías entraron en el cuarto y pasando por encima del cadáver se dirigieron hacia la mesa en la que el pequeño ordenador portátil aún estaba encendido. El más joven comenzó a teclear frenéticamente. Tras unos instantes se volvió bruscamente hacia su compañero.
- Nada, joder. No hay nada. Alguien ha borrado todo el correo.
- No puede ser, nos dijeron que... -se interrumpió el segundo policía, ante la dura mirada de su compañero.

El profesor Bernard Gascón se frotó con furia las manos por enésima vez. Sintió como se le agrietaban bajo el fuerte chorro de agua fría. No obstante, siguió teniendo la sensación de que aún conservaban restos de la masa viscosa, mezcla de sangre y vísceras, que se le había adherido al intentar auxiliar a Charlie Franco. Cerró el grifo, se arregló el nudo de la corbata y tras repasar de nuevo su imagen ante el espejo empujó la puerta de los servicios.
No era preciso tener una mínima capacidad de observación para descubrir de inmediato que el hotel había sido clausurado por la policía con todo el personal dentro. En la puerta giratoria principal dos gigantes, con chalecos antibalas y sus armas apuntando a los asustados clientes, impedían tanto la entrada como la salida. Bernard Gascón intentó retroceder, pero ya era tarde.
- Eh, tú, el del baño, acercate aquí -le gritó uno de los uniformados.
El profesor Gascón notó como le fallaban las piernas. Tuvo que apoyarse en el dintel de la puerta para no perder el equilibio.
- Es a mi?-balbuceó.
El policía ignoró la pregunta y dirigió su fusil contra Gascón. Fue lo último que vió el profesor antes de desplomarse sobre el suelo.

María Suelves García (Madrid - España)


 

CAPITULO 36

 

La muerte del matemático Charlie Franco y el estado agónico en que quedó el profesor Bernard Gascón, dieron pie a un frenético intercambio de mails que cruzaron los cinco continentes.
Los hechos, que provocaron sentimientos encontrados en distintos sectores de la comunidad científica, representaron un punto de apoyo a las denuncias realizadas por los miembros de Plataforma 3000.
En Kobe, Japón, donde se localizaba la central de la multinacional, dueña del laboratorio donde trabajaba Gascón, se convocó una reunión de emergencia. Habían invertido demasiados millones de dólares en ese proyecto y se resistían a que todo acabara así, sin ningún resultado práctico.
En las respectivas sedes de Macro Consumers y Sindicorp se repetían las agitadas reuniones para establecer la estrategia a seguir.
A varios miles de kilómetros de Lima, en el madrileño hospital de Ramón y Cajal, médicos e investigadores se disponían a tormar el café de las diez de la mañana. Todos estaban consternados por las noticias provenientes de la capital peruana. Aunque Gascón y Franco eran sus principales competidores en la carrera por encontrar la vacuna que frenara la peste, lamentaban sinceramente que la situación hubiera tenido un desenlace tan sangriento.
El jefe del equipo investigador, el doctor Santiago Santamaría, permanecía callado. No había comentado nada durante el cafe, Javier Sacristán, su asistente, se lo hizo ver.
- Bueno doctor diganos que piensa de todo ésto, todavía no ha dicho nada...
- Parecéis cotillas -exclamó el intrerpelado con tono indignado-, no habéis pensado en cual es el fondo de todo esto. Lo cierto es que hay grupos, poderosas instituciones o intereses transnacionales que no desean que las investigaciones que llevamos a cabo concluyan. Esta mañana -prosiguió- hablé con algunos colegas de la Universidad de Berlin y los encontré muy preocupados, sugieren que tomemos algunas medidas de seguridad. De hecho acabo de ordenar que copien todos los discos duros, en papel y discos compactos; he guardado copias en distintos lugares y creo que para vuestra seguridad es mejor que no sepáis donde se han guardado. Y ahora más vale que concluyamos el café y nos pongamos a trabajar. Debemos terminar lo que hemos empezado. Será a nuestra manera el homenaje que daremos a Franco.
En Lima la situación continuaba siendo caótica. Cientos de periodistas estaban apostados frente al hotel de Miraflores a la espera de obtener un versión, oficial o extraoficial, sobre el atentado que costó la vida a Franco y las circunstancias en que Gascón fue baleado.
En el orden de preocupaciones de la policía, en cambio, la salud del herido no estaba en primer lugar. Todos sus esfuerzos se orientaban a descubrir que había ocurrido con el archivo del correo de Franco.
La camarera, Rosa Quispe, una mujer de rasgos indígenas, oriunda de Huancavelica, había repetido más de diez veces a la policía lo que habia visto. En primer lugar escuchó el grito, luego corrió a la habitación y allí encontró el cuerpo ensangrentado de Franco; no vio nada mas, repetió por enésima vez ante los investigadores.
La policía prohibió a la camarera que abandonará el hotel: debia estar a disposición de los investigadores para cualquier consulta.
Con la mirada taciturna de los indígenas, la joven asentía a todo lo que le decía la policía.
Nadie puso en duda su versión, El aspecto ingenuo de la joven descartó toda sospecha de que pudiera estar ocultando algo. Y, sin embargo, tras su límpida mirada se ocultaba una firme actitud. Su madre, una antigua combatiente del Movimiento Revolucionario Tupac Amaru, la había enseñado desde pequeña quienes eran los enemigos de su raza y cómo debía actuar ante ellos.
Fue ese heredado instinto de vigilancia el que le llevó, nada más entrar en el cuarto donde agonizaba Franco, a recorrer con su mirada todo la habitación. Inmediatamente descubrió, en un costado de la mesita, al lado del teléfono, los dos disketes. Sin dudarlo, rápidamente los cogió, gurdándolos entre sus ropas. En la primera ocasión que tuvo los escondió en el cuarto de aseo destinado al uso del sevicio.
Y ahora, mientras observaba por la ventana el bullicio en la calle y la actividad frenética del ejercito de periodistas, pensó que quizas algún día aquellos disketes le podrían ser de utilidad.

 

Maria Eugenia Vargas Pasten (Antofagasta - Chile). Ujso@reuna.cl


 

CAPITULO 37

Anamaría Franco, necesitó tres semanas para asimilar la muerte de su padre. Sólo cuando se enteró de la noticia por la radio de la Universidad, tuvo plena conciencia de lo mucho que lo amaba. Fue oir ello que decidió investigar por sus propios medios que había tras el asesinato. Sigilosamente comenzó a frecuentar el hotel donde estuvo alojado su padre y fue así como llegó a Rosa Quispe, la camarera indígena.
Pasados unos días Anamaría esperó a la joven a la salida de su trabajo y la siguió por varias calles. Finalmente le habló, esforzándose con mucho ahínco en franquear la barrera de desconfianza que de inmediato interpuso la muchacha serrana entre ambas.
- Por qué me está siguiendo? -le preguntó de mala manera.
- Soy la hija de Charlie Franco y estoy tratando de averiguar por qué lo mataron. Hacía meses que no nos veíamos, yo lo admiraba mucho, desearía haber conversado con él, preguntarle por su trabajo, decirle que lo quería..., pero no tuve tiempo. Nunca nos llevamos bien, teníamos grandes diferencias, pero estoy segura que no hizo nada malo.
Anamaría, comenzó a palidecer al tiempo que luchaba por contener las lágrimas. Se afirmó en la pared para no caer al suelo.
- Sabes -dijo-, estoy embarazada y no alcancé a decirle a mi padre que iba a tener su primer nieto.
Rosa Quispe la miró y no supo que decir. Torpemente la abrazó al tiempo que balbuceaba:
- No te preocupes y no llores... Creo que a él le habría gustado una noticia así.
Mientras hablaba metió la mano entre sus ropas y extrajó los dos diskettes que entregó a la sorprendida Anamaría.
- Los guardé del escritorio de tu padre, el instinto me dijo que no debía permitir que la policía los encontrara y los requisara. Yo no entiendo de estas cosas, pero a lo mejor a tí te pueden servir...
Varias horas le llevó a la joven descifrar y estudiar el contenido de los discos. Había una larga lista de mails enviados, el último de ellos a Hans Lohse, un profesor de Hannover amigo de toda la vida. El mensaje traslucía el estado de ánimo sombrío del matemático.
Relelló el párrafo final.
"Estoy ansiando regresar a Iquitos y terminar mi parte del proyecto. Percibo que el tiempo se acaba, quiero restituir el tiempo que he robado a mi mujer e hijos. Deseo terminar el proyecto y que mi aportación sirva para algo; que contribuya a una causa que me permita mirar a mis hijos a los ojos sin avergonzarme. Un científico de apellido Gascón ha intentado contactar conmigo, me ha pedido ayuda, pero sospecho que sus fines son oscuros. De todos los que están en la carrera por la vacuna, los únicos que me merecen respeto son los hombres de Santamaría, en el Ramón y Cajal, creó que..."
El mensaje se interrumpía bruscamente. como si apenas hubiera tenido tiempo de salvar el texto y sacar el disco.
Bernard Gascón se recuperaba rápidamente. La herida estaba cicatrizando bien e incluso se le autorizó a disponer de un aparato de televisión en su habitación. Cogió el control remoto y conectó con al canal de noticias de la CBS. Identificó de inmediato la fachada del Hospital Ramón y Cajal. En su entrada principal
un periodista con acento centroamericano anunciaba que aquel era un día muy importante para la medicina y para la salud del mundo entero. Un equipo de investigadores de la Universidad de Berlín y del hospital madrileñoo habían logrado aislar una vacuna que lograría erradicar la peste en el mundo de una vez por todas.
Al ver al fefe del equipo, el doctor Santiago Santamaría, que hablaba en esos momentos, Bernard Gascón redobló su atención.
"Llegar a este resultado representa sin duda un momento histórico. Esta vacuna es una esperanza de vida para millones de personas en el mundo. Deseo dejar en claro que si pudimos llegar a su descubrimiento fue gracias a una valiosa información que nos hizo llegar una persona desde el Perú que prefiere no identificarse. Nos pidió que confrontáramos las fórmulas con nuestros datos y nos autorizó a disponer de ellas una única condicion: que la vacuna se usara sin fines de lucro. Es por ello que estamos tramitando ayudas económicas de la OMS para su fabricación masiva y para su traslado al Tercer Mundo. Por petición expresa de esa persona ila campaña de vacunación se iniciará en la localidad peruana de Huancavelica.
La ira y el dolor de la herida, que de nuevo comenzó a sentir, deformaron el rostro de Gascón. Su lucha por librar al mundo de los insectos, su guerra a las odiosas cucarachas, su aversión a los pájaros, todo ello abortado por algo tan nimio como el retraso del avión que lo condujo a Lima.
- Maldita humanidad!, malditos matemáticos!, malditos ecologistas! -gritó y sintió el eco de esas palabras, repetido por miles de voces, estallar en su cabeza.
Gascón se desplomó sobre la almohada. Instintivamente fijó la vista en la ventana. Primero vio dos diminutas antenas, luego dos ojos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos...
Las cucarachas se tomaron su tiempo. Caminaban con dignidad y poco a poco comenzaron a subir hacia la cama.

FIN


Maria Eugenia Vargas Pasten (Antofagasta - Chile). Ujso@reuna.cl


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