CAPITULO 11

Era la fórmula lo que le estaba volviendo loco. Tenía que, de una vez por todas, resolverla o olvidarse de ella. Esta última posibilidad no le parecía responsable; el trabajo que había estado realizando podía significar la erradicación de la peste y la consiguiente salvación de la humanidad. No. Él no tenía los medios ni el talento como para resolver la fórmula, pero debía de haber alguien que sí.
Era consciente de que lo que le fallaba era la parte matemática. Los estudios empíricos que él mismo había realizado no podían contener errores. De eso estaba seguro. Así que necesitaba a un matemático puro que le echase una ojeada a su trabajo y le indicase en qué se había equivocado.
El problema era que no quería que nadie participase en su trabajo. Si alguien iba a salvar a la humanidad con una solución a la peste, sería él y nadie más. Necesitaba la fama. Era ese sueño lo que le mantenía vivo y con esperanzas. Su vida era un desastre y la fórmula lo único que lo producía ganas de vivir.
Toda la humanidad había entrado en una profunda depresión, consecuencia lógica de la peste y de las precauciones que cada cual debía tomar para mantenerse en una relativa seguridad de no contraer la enfermedad. Un mal que cada día se cobraba miles y miles de víctimas. No, si quería que la fórmula tuviese solución, necesitaría consultar a alguien. Ningun gorrión heróico impediría que concluyese su trabajo.
El problema residía en que no conocía a ningún matemático puro. Necesitaba a uno realmente bueno; no podía correr el riesgo de mostrar su trabajo a alguien que no le pudiera ayudar. Necesitaba al mejor que pudiera conseguir. Pero en los tiempos que corrían, además del grado de hermitañismo de la gente, los científicos solían ser aún menos sociales, lo que hacía de un experto en matemáticas una persona inalcanzable para alguien como él.
Pensó. El primer paso obvio sería consultar con Internet. Lo haría de inmediato. Antes miró por la ventana de manera rápida. Tuvo miedo de que el gorrión apareciera de nuevo. Vamos, fue un sueño, se dijo. Un sueño que se repite, pero nada más.
Varias horas de trabajo en Internet le llevaron a una conclusión. Había encontrado a la persona que necesitaba. Se trataba de un joven bastante talentoso. Estaba decidido, sería él. La verdad era que ya lo conocía de antes. Su nombre, Charlie Franco, un profesor conocido por sus predicciones precisas basadas en análisis matemáticos de variables de la vida real. Sus teorías incluso coincidían con algunas de la premisas en las que se había basado para la elaboración de la fórmula. Además, Charlie Franco se encontraba en el mismo continente: vivía en una colonia en la Amazonía Sudamericana, realizando trabajos para una compañía ecóloga. Sería un poco difícil llegar a él, pero no imposible.

Hans Erick Rothgiesser Franco (Perú). 93210280@alumnos.up.edu.pe




CAPITULO 12

Las noticias que llegan confirman el éxito de nuestra lucha en todos los confines del planeta. Nos ha dicho un pajarito que se pasan el día mirando una luz y dando golpecitos con los dedos en una cosa que se llama Internet. Serán idiotas...
Aún recuerdo el día en que empezó todo: Yo estaba jugando, como muchas tardes, entre las tetas de Chelito cuando vi a Gregorio a través de la mirilla del cambio y entonces supe que algo grave ocurría. De unos cuantos saltos me planté en la entrada para recibirle a él y a la rubia despampanante que en ese momento bajaba de la lata de pimientos aparcada a la puerta.
En el cine "Novedades" había pocas desde el estreno de Estambul 65 y de eso hacía tantos años que los más jóvenes ni nos acordábamos de ello. Claro que, para ser exactos, en la cabeza de una pulga caben pocos pensamientos y menos recuerdos, pero ni las pulgas más ancianas recordaban haber visto esa película. Aunque por trasmisión generacional sabíamos que aquel había sido un auténtico festín. Dicen que en aquella época el "Novedades" era lo mejor de la ciudad, con acomodadores uniformados, ambigú para el descanso y una Chelito tan turgente que se le salían los encantos de la faja Milínea y de la taquilla.
Pero a lo que ibamos. Cuando ví al negro Gregorio supe que algo raro pasaba porque Gregorio odiaba el cine. "Reúne a todos ahora mismo", me ordenó mientras, ponía una pata en el culo de la rubia para que pasara delante de él.
Mientras hacía lo que me mandaba pensé en que siempre me hubiera gustado ser como el negro. Pero claro una pulga, nunca puede soñar con ser una cucaracha por mucho que Chelito me tenga criado a sus pechos. Dicen en el barrio que Gregorio una vez soñó que era un hombre y de ahí le vienen las dotes de mando. Bueno, de ahí y de haberse hecho con el negocio de la basura, después de muchas guerras entre bandas. También dicen que la rubia esta es americana y que el Gregorio se la encontró en un bote de Corn Flakes del supermercado de la esquina y desde entonces la tiene retirada en un adosado como los que van a hacer en el solar del "Novedades" cuando lo tiren.
Cuando estuvimos todos en el palco, Gregorio, se frotó las patas delanteras y muy serio nos dijo: Me he enterado por ahí que un cabrón ha inventado algo para acabar con nosotros para siempre y por lo que me han dicho esta guerra va a ser mas dura que la del ZZ-Paff que tantas bajas nos causó. Tengo una escuadrilla de cínifes sobrevolando la ciudad en busca de más información y estoy dispuesto a movilizar a todos los insectos del planeta para lograr la victoria definitiva. Se van a enterar de quien es Gregorio Samsa. Así que dejaros de películas y decidid: estáis conmigo?
Un zumbido ensordecedor hizo que la única pareja que había en el cine se revolviera en la fila de los mancos.
No has oído algo?, dijo ella asustada. "Calla tontina, habrá sido la película", murmuró él mientras seguía desabrochándole la blusa...

María Luisa Sanjuán (Santander - España).



CAPITULO 13

En ese momento, cuando comenzaba a perder sus manos por la oscura e insinuante abertura del escote de su compañera, el también escuchó algo... Una especie de aleteo tenue pero ininterrumpido que procedía del palco, justo encima de su cabeza.
De pronto, una nube gris y ensordecedora se adueño de toda la sala. Decenas, cientos e incluso miles de pequeños insectos sobrevolaban las butacas sin ningun pudor.
- Pero..., qué es esto? -gritó ella, mientras intentaba espantar inútilmente aquello que se cernía sobre su rostro.
- Corre, no te detengas! -exclamó él mientras la agarraba fuertemente para salir de la sala, arrastrándola por entre los asientos vacíos.
Mientras, a muchos kilómetros de allí, el hombre de la tienda de campaña intentaba buscar una explicación a la repentina desaparición de todos los insectos. Ni un mosquito, ni una mosca... Ni siquiera una hormiga paseando por la espesura de la maleza...

Eva M. García (Madrid - España). emga@ce2c.es



CAPITULO 14

Era imposible que hubieran desaparecido de repente. Era asombroso! Tan solo hacía unas horas que habían clavado sus afilados aguijones sin piedad por casi todo su cuerpo, y ahora no podía vislumbrar siquiera a uno de esos malditos bichos.
Quizás le tomasen por loco pero algo le decía que aquello no era normal y debía informar a la cadena ABN. Tal vez los insectos, siguiendo su instinto animal hubiesen salido despavoridos de aquel lugar huyendo de algo que el, en su condición de humano, no podía apreciar.
Se dispuso a informar a la cadena, cuando vió que tenía nuevos mensajes en su buzón de correo electrónico. Pinchó el icono y pudo leer el siguiente mensaje:
"Jon , se extrañará al ver este mensaje, pues usted no me conoce, ni yo a usted. Recibí un mensaje suyo, seguramente enviado equivocadamente, pero el motivo de éste es pedirle AYUDA. Una ayuda muy valiosa, más de la que nunca pudiera llegar a imaginarse. Por su mensaje sé que escribe desde San Andrés. No hay tiempo para muchas explicaciones. Solo puedo decirle que, y aunque le parezca algo insólito, en este momento el despacho donde trabajo está rodeado por millones de insectos de todos los tipos y colores. Es MUY importante para TODOS localizar a Charlie Franco, un famoso profesor que en estos momentos se encuentra en algún lugar de la Amazonia Sudamericana. Por favor utilize TODOS los medios a su alcance para localizarle y decirle que se ponga urgentemente en contacto conmigo.
Dr. Alfredo Hide"
Jon se preguntó de que trataría todo aquel asunto. Cada minuto que pasaba se sentía más convencido de que algo extraño estaba ocurriendo.
Nervioso y excitado por la situación se propuso a enviar un mensaje a los de la ABN, cuando su pequeño pero potente ordenador portátil le avisó, con un pitido constante, que se estaba agotando la bateria.

Manuel Sauceda (Madrid-España). msc@ctv.es



CAPITULO 15

La fórmula había fallado y los números, manoseados, se habían vuelto resbaladizos.
Ahora todo quedaba suspendido, danzando en el aire; un aire atiborrado de insectos cuya abundancia torturaba, aún mas, su impotencia y su bloqueo, como un agua estancada y putrefacta; como una cienaga donde los mosquitos, entre el lodo blanco y resbaladizo, se multiplicaban sin dudar, sin compadecerse de ninguna ley que no fuese la propia, de ninguna existencia que evitase la suya. La naturaleza no dudaba. No ofrecía dudas y todo tenía sentido en ella, sin culpas, sin vacilación, sin temor, sin piedad.
Pero él dudaba y estaba enloqueciendo. Tuvo realmente miedo y se sintió preso de una total ignorancia sobre la fórmula y sobre si mismo.
A veces creía saberlo todo, tanto, que se acercaba escandalizado a la nada más absoluta ... Otras, no sabía nada y desaparecía todo, y sin embargo, todo, se encontraba allí, entre sus números y esas cuatro paredes .
La imagen de si mismo le pareció patética y abatido, colgó su bata blanca sobre el perchero, con un pensamiento extraño y nuevo.
Un pensamiento que exigía, primero, conocer el origen y el motivo de la plaga.
El principio de las cosas para buscar su final.

Teresa De La Lama (Santander-España)


 

CAPITULO 16

En un lugar muy lejano, el hombre gordo sonrió al mirar en su ordenador los datos que sus espías industriales le había conseguido. Se trataba del mayor accionista de una de las grandes Multi-Corporaciones que, como muchas otras, buscaban inescrupulosamente la cura para la plaga. Era cierto que antaño un científico podía encontrar la cura para una plaga y regalársela al mundo. Pero esos eran otros tiempos. La modernidad exigía sacrificios.
Y en eso estaba justamente el trabajo de aquel hombre. Sus espías, en su mayoría hackers especializados, le habían conseguido exactamente la información que necesitaba. MacroConsumers no tenía el personal suficiente para trabajar en una posible cura para la plaga, pero contaba con un sistema de espionaje realmente admirable.
Justamente fue a él mismo al que se le había ocurrido la idea. MC había decidido retirarse de la carrera que implicaba la búsqueda de la cura. Pero hacía dos meses y medio MC había vuelto con una nueva estrategia. Seguirían de cerca los trabajos de todos aquellos dedicados a encontrar una posible solución al problema. Una vez que la fórmula estuviera casi lista, MC robaría el trabajo y lo completaría por su cuenta. Y una vez completa, patentarían la cura y lograrían millones de dólares. Después de todo, quién no pagaría una millonada por librarse de la horrible plaga que estaba asolando a la humanidad?
Los hackers de MacroConsumers habían trabajado día y noche; descartando posibilidades, rastreando investigadores, rompiendo barreras informáticas. Al cabo de dos meses y medio le habían dado la respuesta definitiva. Existía un hombre que había desarrollado una fórmula. Pero ésta tenía problemas en su parte matemática. Los espías habían reflejado en su informe que era el momento de "romper", es decir de robar toda la información y completarla en MC.
El hombre gordo sonrió. Pués sí, pensó. Era el momento de "romper". Presionó la tecla en su ordenador y dió luz verde al asunto. Pronto, muy pronto, MC llegaría a la fórmula definitiva.

Hans Erik Rothgiesser Franco (Perú). 93210280@alumnos.up.edu.pe


 

CAPITULO 17

En un centro de investigación en la amazonía peruana, un grupo de científicos trataban de encontrar un suero que pudiese ayudar a la prevención del SIDA. Era cierto que en el año 2005 un grupo de biólogos habían logrado encontrar un proceso por el cual detener el proceso del HIV por medio de rayos ultra-violeta. Pero a pesar de eso, la enfermedad misma no sería vencida hasta que no se encontrase una vacuna.
Todo el mundo estaba dedicado a la búsqueda de una cura para la plaga que azotaba a la humanidad. Bah, eso era para científicos comunes. Además, antes de iniciar una investigación se debían acabar las ya iniciadas. El proyecto Robin había comenzado años antes de que el Doctor Valenzuela hayase el proceso vía rayos ultra-violeta. Y aun no llegaba a su fin. No, los seis científicos dedicados a la búsqueda de la vacuna continuarían su labor hasta encontrar lo que buscaban. Entre ellos se encontraba el matemático Charlie Franco. Su ideología era la más simple: terminar lo que se comienza.
La empresa Alpha Chiang había invertido mucho dinero en el proyecto Robin. Les costó mucho contratar a Franco. Pero tanto los negociadores de ACh como los colegas de campo de Franco sabían que él no empezaba algo sin acabarlo. Llevaba apenas año y medio en el proyecto y ya había hecho grandes avances. Por ejemplo, los biólogos se habían quedado atorados en un problema que parecía no tener solución. Al llegar Franco, lo primero que hizo fue demostrar que efectivamente no había solución al problema: expresó de forma matricial el problema; para solucionar el problema debía invertirse la matriz. Pero dado que la matriz no era cuadrada, no era invertible.
Charlie trabajaba todo el día en una de las cúpulas del proyecto, en la misma amazonía. Muchos de sus amigos y familiares le dijeron que estaba loco. Pensaban que las posibilidades de adquirir la peste serían mayores en un ambiente como ése, en donde abundaban los mosquitos y los insectos. Ignáros, pensaba Charlie. Qué no saben que en un ambiente tan húmedo y cálido, las posibilidades son en realidad menores de adquirir la enfermedad?
El matemático se sentó ante su computadora y la encendió. A diferencia de los demás, él nunca dejaba su terminal encendida si no la usaba. Pero ahora algo era diferente. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que alguien había accedido a su computadora por medio del modem.

Hans Erik Rothgiesser Franco (Perú). 93210280@alumnos.up.edu.pe




CAPITULO 18

María Eugenia Vergara estaba sentada en el cementerio arreglando la tumba de su mejor amiga fallecida hacía un año. La acompañaba su hija Valentina, de diez años. Era un día sábado de una cálida tarde veraniega en el cementerio del pueblo chileno de Mejillones, a unos 40 kilómetros de Antofagasta y justo en la línea del Trópico de Capricornio. Mientras colocaba las flores, unas hermosas azucenas, pensó un su esposo, que en esos momentos debía encontrarse en Madre de Dios, en la selva amazónica peruana.
Su hija, tal vez adivinándole el pensamiento, preguntó:
- Por qué papá no llegó ayer si dijo que tenía que estar sólo una semana en la selva peruana?
- Bueno porque a última hora un amigo de la Universidad Complutense de Madrid le pidió que tratara de localizar a un famoso matemático que se encuentra en la selva.
- Y cómo lo va a encontrar papá que es antropólogo..., nada que ver, dijo riendo la niña.
- No sé -dudó la madre-, dejará recados en alguna parte. Parece que es muy importante ya que se trata de un proyecto para terminar con los insectos. Tú sabes que en Europa y en general en el mundo desarrollado la gente siempre está investigando rarezas, cosas que a la larga no sirven para nada.
- Pero si matan a los insectos, dijo la niña, matarán a las mariposas y si no hay mariposas, a lo mejor tampoco habrá pajarillos, y no habrá flores, sera un mundo muy feo. Además según dijo la profesora de Naturales, todos los animales e insectos, incluso los mas insignificantes, cumplen un papel, que es importante.
- Así es, pero en fin los científicos siempre tienen algún grado de locura. Lo único que podemos hacer nosotros es rogar que papá no pueda localizar a ese matemático, o si logra ubicarlo que éste no se preste para algo tan poco sensato.
Ambas callaron. Dos mariposas de brillantes colores se posaron cerca de unos nardos. La proximidad de la muerte parecía no preocuparlas, el cementerio era sin lugar a dudas su lugar favorito. Madre e hija las miraron con piedad, se cogieron de la mano y abandonaron el lugar.

María Eugenia Vargas (Antofagasta-Chile). ujso@reuna.cl




CAPITULO 19

Charlie Franco era parte de una nueva generación de científicos. Estos le daban menos importancia a las computadoras. Su filosofía era simple: no dejar que un objeto haga el trabajo por tí. Si bien era cierto que sabían utilizar PCs y que lo hacían, no era algo que les gustara mucho. Justamente por problemas como el que en ese momento se estaba produciendo.
Alguien había accedido a su terminal y posiblemente copiado sus archivos más importantes. Luego de hojear lo que se habían llevado se relajó. Bah, pensó, de todas maneras nadie entenderá mis cosas.
De las cúpulas del Proyecto Robin, las dos únicas que contaban con teléfono eran la de Franco y la central. La de Charlie sonó en ese instante. Contestó sin vacilar. Los otros participantes en el proyecto lo habrían pensado varias veces antes de hacerlo.
- Buenas, -dijo Charlie seguro.
- Buenas..., -el típico titubeo de los ermitaños de hoy en día, pensó Charlie-. Usted no me conoce. No estoy seguro de... En todo caso, me gustaría...
- Por favor, -le interrumpió el matemático-, tengo mucho trabajo, sabe? Si no le molesta, vaya de frente y al grano.
- Yo... Yo le he enviado varios mensajes por e-mail. No me ha contestado ninguno.
- No me gusta el e-mail. Quién es usted?
- Eso no importa ahora. Tengo un problema con una fórmula matemática que...
- Si quiere que le resuelva ecuaciones le va a costar.
- Es parte de una investigación que...
- No me importa para qué sea. En estos momentos estoy dedicado a otras cosas. Así que si...
- Es muy importante!
- Pues si es tan importante, será mejor que...
La comunicación se cortó. A los pocos segundos Charlie escuchó otro click. Alguien había estado escuchando la conversación. Posiblemente su interlocutor lo notó y por eso puso fin a la comunicación. Colgó el teléfono y se quedó pensando. Qué estaba pasando? Que era todo aquello? Le gustaba su vida tal como estaba. No necesitaba cambios.

Hans Erik Rothgiesser Franco (Perú). rothgies@amauta.rcp.net.pe



CAPITULO 20

Los "enemigos" estaban plenamente identificados. Un tal Charlie Franco, matemático, y el hombre de la bata blanca, sin nombre ni rostro -siempre le habían visto de espaldas-. Su unión significaría, de ello no tenía duda alguna, el fin de su especie; de todas las especies que en ese mismo momento, representadas por sus mejores líderes, le rodeaban en aquella especie de ONU, aunque en realidad su denominación oficial fuera la de Organización de Insectos Unidos (OIU).
El negro Gregorio repasó mentalmente la voluminosa documentación que había reunido, un poco por aquí, un poco por allá. Por primera vez el servicio de información puesto en marcha años antes había dado sus frutos. Desde la selva amazónica a la gan ciudad la información llegó fluída y con un mensaje inequívoco: si el matemático y el científico llegaran a compartir sus conocimientos nadie daría un duro por la superviviencia del mundo de los insectos.
Un fuerte revuelo en la puerta del viejo cine, improvisado lugar de reunión del Comité Ejecutivo de la OIU, le hizo abanadonar momentáneamente sus negrísimos presentimientos. El griterío se tornó ensorcededor. Los ciempiés, responsables de la seguridad de la reunión, corrían desesperadamente de un lado a otro; el cri-cri de los grillos, encargados del sistema de alarma, puso en pie o a cuatro patas, según los casos, a la mayoría de los reunidos en torno a la mesa, en realidad uno de los bancos corridos de madera del "pulguero" del cine.
- Alguién me puede explicar qué ocurre?, -gritó Gregorio en un vano intento por hacerse oir sobre aquella algarabía.
Repitió la pregunta sin que logrará respuesta alguna. Miró al resto de los miembros del Comité y comprendió que no tendría más remedio que acercarse a la puerta y comprobar personalmente que era aquello que provocaba tal desorden.
No sin cierta inquietud, dictada por un innato sentido de la prudencia sin el cual su especie habría sucumbido hacía mucho tiempo, se encaminó a la entrada del local. Ciempiés, grillos, pulgas, moscones y un sinfín de las más variadas especies formaban ante él una aparentemente impenetrable barrera. Se abrió paso a empellones, alcanzado la primera fila. Sus patas comenzaron a temblar como no recordaba que lo hubieran hecho nunca. Frente a él, a escasos pasos, se erguía una informe masa de plumas. Rebuscó en sus olvidadas clases de ornitología para poder identificar al instruso.
- Mierda, un gorrión, -exclamó.
El gorrión le miró fijamente.
- Eres tú el jefe?, -le espetó cortante y a Gregorio aquellas palabras le sonaron a afirmación más que pregunta.
- Quizás..., -respondió cauto.
- Tenemos que hablar.
- Nosotros? De qué?
- Vuestro problema es nuestro problema, -sentenció con voz pausada el gorrión.
- De qué problema me hablas?
- Lo sabes muy bien. Si os exterminan, qué comeremos nosotros?
Una media sonrisa se dibujó en la boca de Gregorio. Que gran éxito, pensó, poder presentarse con el Primer Acuerdo Mundial entre insectos y aves bajo las patas ante sus compañeros de la OIU.
Sintió que temblaba de nuevo, pero no era el miedo sino la emoción, ante lo que presumía sería una gran tarea, su obra definitiva, lo que le embargaba.
- Hablemos, -dijo, al tiempo que con un decidido gesto invitaba al gorrión a entrar en el viejo cine.

Luis Mejía (Sevilla -España)



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