
CiberRelato
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EL ENEMIGO DE LOS INSECTOS
(Una historia ecológica)
CAPITULO 1
El hombre colgó su bata blanca sobre el perchero y salió del laboratorio para dirigirse a su despacho que estaba a veinte metros de allí, en la misma planta. Los últimos experimentos, las postreras comprobaciones eran irrefutables, podía dar por acabada la investigación. Entró en su despacho y con calma introdujo en el ordenador los últimos datos. Se dispuso a concluir el informe sobre "ultrasonidos insecticidas". En efecto, su equipo y él podían asegurar ya que la emisión de ultrasonidos, mediante un aparato, del cual ya tenían construido el prototipo, podía eliminar a cualquier clase de insecto, aún en estado de huevo o larva. Al fin, un insecticida universal sin efecto secundario alguno sobre animales y plantas. La erradicación del paludismo y de tantas otras enfermedades. Moscas, mosquitos, cucarachas, escarabajos... desaparecerían de la tierra. El final de la contaminación a causa de los pesticidas... La humanidad quedaría libre de tantos males, pensó. De repente, un pájaro, quizá un gorrión perdido, golpeó con su pico en la ventana sacándolo de sus ensoñaciones.
Joaquín Leguina
CAPITULO 2
Pero no estaba nuestro hombre para pensar en pájaros de ninguna especie. Suspirando, se dirigió hacia el ordenador mientras su cerebro se contraía dolorosamente bajo el impacto de una puntada, probablemente tensional: otra versión, esta vez mejorada, de la crueldad de su propio organismo, siempre atento a la oscuridad de lo no visible. Sonrió con cierta amargura pero sin resentimiento, y, desplomándose sobre el estudiado taburete Bartolini (ganador de tres trofeos en la reciente Triennale di Milano) puso las manos sobre el teclado. Aquellos dedos abrieron la carne del teclado como si de un viejo cuerpo amado se tratara. Los destellos coloridos de la pantalla rozaron transversalmente su rostro mientras su inteligencia, aguzada y amplia ahora, entrecruzaba canales y frecuencia, medía registros del pasado, seleccionaba detalles y advertía consonancias.
Como en un tráfago de casualidades y fragmentos le acompañaron durante algunos instantes sinfónicos el aroma del bigote de su padre, las risas de los niños que fueron sus amigos en el colegio, el áspero crujido de las sábanas de la casa de campo, y también, con menos prestancia, ciertos acontecimientos más cotidianos y recientes de poca envergadura pero presentes allí como moscardones. Abrió el archivo buscado, tecleó un par de frases, descansó, volvió a mirar y encontró algo extraño en la fórmula. Su vista se dirigió a la ventana. El pájaro ya no estaba allí. Luego regresó a la fórmula y palideció. Algo, o mucho, o todo estaba cambiado dentro de su ordenador.
Guillermo Tejeda (Chile) ivotex@netup.cl
CAPITULO 3
Empapado en la lluvia que caía sobre San Andrés Larraínzar en Chiapas, tras un día más cubriendo las conversaciones entre EZNL y el gobierno mexicano, Jon, que se había resignado a otra noche de bochorno tropical oyó y vió, así de grandes eran, a sus enemigos implacables: los mosquitos.
Recordaba el comentario, que se le había quedado grabado, de que en Kikwit se reportaba que habían muerto 233 de las 296 personas infectadas por el virus Ébola. Aunque lo más dramático no era este dato sino el que venía a continuación, que el investigador Muyembe en su búsqueda del origen del virus, sospechaba que un insecto podría ser el vehículo que trasmitiese el virus desde los animales infectados a las personas.
Tenía la cabeza bastante pesada, había compartido las cantimploras con compañeros del Sub-Comandante Marcos3 que bebían un brebaje que "chínguere", un alcohol mal destilado con unas hierbas y sal de humo; fue como un mazazo.
Los mosquitos que antecedieron y sobrevivieron a los dinosaurios lograron no se sabe cómo superar las emisiones de los sonidos ultrasónicos único sistema que había resultado eficaz allí donde se aplicaba. La humanidad no estaba muriendo víctima de la radiación, contaminación o sobrepoblación, catástrofes tantas veces vaticinadas, sino por el virus Antas que superó en agresividad al Ébola y en difusión al Sida y que estaba siendo transmitido por los mosquitos.
La única protección era el aislamiento total, pues perdidas las esperanzas de curar la enfermedad, la gente se iba convirtiendo en ermitaños atesoradores de provisiones de sobrevivencia.
Adán y Eva hacía tiempo que ya no sintonizaban ninguna emisora, fuera cual fuera la frecuencia que intentasen. Creían que, o eran los últimos habitantes del mundo o que los que quedasen con vida estarían en sus mismas precarias condiciones.
En aquel momento les pareció oír algo. Estrecharon intensamente sus manos: acababan de escuchar el ominoso zumbido de un mosquito.
Jon se despertó de la "pesadilla chínguere". Un mosquito de regular tamaño había pasado, no sabía cómo, por el tupido mosquitero.
Luis Marcet. (México) lmarcet@spin.com.mx
CAPITULO 4
- Coño!
El ruido del mosquito parecía el de una avión de aeromodelismo. Se esforzaba en seguirlo pero la coordinación entre la mirada y el movimiento de su cabeza no era ni mucho menos el deseado. Cuando había conseguido la posición correcta se esperaba hasta que sus ojos confirmaban que esa era la óptima... unas décimas de segundos que en su condición parecían horas. Aturdido y cansado intentó en vano dar caza a su nuevo inquilino.
Jon era euskaldun de padres españoles. Desde hacía dos años vivía en Mèxico donde recaló en su periplo por tierras americanas después de aprobar su ultima asignatura en Deusto. Odiaba Deusto. Odiaba Bilbo. Y aunque había encontrado trabajo en una casa de turismo rural en Aranzazu y le habían propuesto que montase unos itinerarios ecológicos para niños, decidió irse a América. Aranzazu le esperaría y el tiempo no le quitaría ni el recuerdo ni las emociones que hacían que esa Gipuzkoa profunda fuese el lugar del mundo que más amaba. Estaba en Chiapas gracias a su nuevo trabajo de reportero, guía, traductor y cámara de la cadena ABN para hacer el seguimiento del asunto de Chiapas. Seguramente los de ABN no habían encontrado nadie mejor en 1.000 kilómetros a la redonda. Jon estaba encantado: poco trabajo, bien pagado, en medio de la naturaleza, lejos de cualquier ciudad. Su acreditación le permitía moverse por todo el territorio con una completa libertad y la ABN le daba toda la autonomía que el deseaba. Toda la autonomía y todos los medios... sí, eso era la parte más interesante de su aventura de enviado especial. Medios de alta tecnología. Ordenador-modem-fax vía satélite, acceso a todos los archivos documentales de la cadena y a internet. El mundo, aunque fuese desde San Andrés de Larraínzar estaba a sus pies.
En ese momento tecleó la dirección para enviar el e-mail josune@irene.es y empezó a escribir su mensaje, su cotidiano mensaje:
Angel Mestres (Bilbao - España) amestres@anaya.es
CAPITULO 5
"Nada especial, aparte de una formidable resaca. Las cosas siguen tensas y las conversaciones no avanzan. Estamos en un punto muerto. Los que no están muertos, sino muy vivos, son estos malditos mosquitos que me estan friendo a picotazos. Resisten todos mis ungüentos y precauciones y en los sitios de mi cuerpo donde han hecho presa me queda una extraña marca indeleble en forma de estrella con un punto rojo en el centro. Decididamente no voy a necesitar mas tatuajes en el futuro. Desde San Andrés, saludos. Jon"
Al acabar de escribir el mensaje, la tienda de campaña se oscureció por un instante. Miles de mariposas Monarch avanzaban en tupida formación por el cielo casi cubriendo los incipientes rayos de luz.
Mientras contemplaba el espectáculo de las mariposas Jon pulso "enviar mensaje" sin cerciorarse de que en la dirección josune@irene.es había errores y que Josune nunca lo recibiría. Le fascinaba la idea de que las ondas cibernéticas que contenían su mensaje se mezclaran con las mariposas, haciéndose en un todo la Naturaleza y la mano del Hombre.
A muchos kilómetros de distancia el hombre de la bata blanca suspiró confuso y decidió tomarse un cafetito mientras pensaba en el error de la fórmula. El despacho era austero pero con clase y contenía pocos elementos pero muy selectos: una pequeña alfombra persa, encima de la cual descansaba una mesita de papier maché con incrustaciones de madreperla, herencia de su madre, un cenicero de cristal tallado, regalo de los Laboratorios Buck y un pesado marco de plata con una borrosa foto en la que en la parte de abajo figuraba la siguiente dedicatoria: "A José Negrin, con afecto".
Terminó la taza de café y decidió abrir el correo electrónico. Sólo había un mensaje de un tal Jon, y se dispuso a leerlo con curiosidad.
En ese momento sonó el teléfono.
Carmen Deltoro (Chicago - USA) fdelora@ix.netcom.com
CAPITULO 6
Contestó el teléfono con disgusto, prefería imaginar la voz por los caracteres que no tener la opción de crear a la persona. El ordenador, además, había resuelto los problemas de hilar con sentido las frases que por viva voz le hacían sonrojar por un esfuerzo infantil de enfrentamiento. En esto pensaba cuando cayó en la cuenta de que la llamada había sido equivocada.
Sentándose con algo de pereza cerró los ojos; el débil dolor de los músculos que se relajan después de horas de tensión le obligó a percatarse de las horas que no había dormido, tratando de entender la extraña mutación en su fórmula. La lucha entre su razón y sus sentimientos, que le hacían parecer un hombre algo desequilibrado, terminaron de súbito al colarse entre los dos el recuerdo del correo electrónico.
- Qué diablos!, sólo me faltaba un santo colado en todo este asunto-. Tallándose los ojos se recostó balbuceando en los mosquitos, en su infancia y en el día en que aprendió a odiar a los insectos.
-...Si las mariposas mueren con un alfilerazo, un torpe escarabajo que vuela para terminar golpeándose contra todo, también...-. Sin saber si hablaba la culpa de un infante o sólo el cansancio, terminó en un sueño que no recordaría.
Se incorporó de un salto al sentir el roce de una pluma. Cuando logró enfocar la vista, la buscó frenético. Sorprendido no encontró una, sino cientos, todas de gorrión. No había rastros de sangre en los cañones, ni un cadáver, ni un depredador en los alrededores. Intrigado recorrió el despacho y decidió caminar al laboratorio.
- Joder!, nada... Ni una mísera evidencia, ni un rastro...
A gatas inspeccionó el área..., y encontró lo que temía. Tomó unas pinzas de precisión, con el dorso de la mano secó el sudor que empezaba a serle molesto y en cuclillas retiró un par de alas café, brillosas, momentáneamente sintió un acceso de náusea. Con cuidado las examinó.
- Sí, cucaracha.
De sus manos cayeron las pinzas, las alas y las plumas; corrió desesperado para ver la fórmula. No lo podía creer, no podía aceptar lo que veía en el ordenador. Definitivamente el no creía en la ciencia ficción, pero...
Andrea (Kutzita) Molina Spota (México) vmjarq@sparc.ciateq.conacyt.mx
CAPITULO 7
El gorrión miró al interior de la habitación. Si los gorriones pudieran palidecer él se habría puesto más blanco que la nieve. Qué no hubiera dado -incluso una de sus alas- con tal de que no fuera cierto todo lo que le habían contado! Pero allí estaba el invento, el inventor, los efectos... Dios de los gorriones! Nunca podría haber imaginado algo tan desolador, tan espantoso. Ni siquiera cuando los halcones eran dueños y señores del paisaje, del cielo y de la tierra, tal como su padre le contó que su abuelo le contó que su bisabuelo le contó... Nada, se dijo, nada podía compararse a lo que estaba viendo. Entre la asepsia de los ordenadores, de los muebles funcionales, de la luz indirecta, el despacho aparecía como un inmenso campo de batalla donde acabara de librarse una feroz lucha. Pero los muertos eran de un solo bando: el suyo.
Sus ojos escrutadores se fijaron en la verde pantalla del ordenador, parcialmente oculta tras una inmensa cabeza -al menos a él así le parecía- de la que pendía una blanca bata. Su misión estaba clara: confirmar la veracidad de la información trasmitida por un locuaz canario que decía haber huido del laboratorio. Y visto lo visto ya no existía ninguna duda.
Sintió un justificado orgullo. Que un simple gorrión como él fuera el único pájaro en miles de kilómetros a la redonda que se hubiera atrevido a investigar serviría, como poco, para mejorar la imagen de los de su especie. No es que se creyesen demasiado listos, pero tampoco tan tontos e inútiles como las otras aves les consideraban. Vivir en la ciudad les había enseñado a cuidar de sí mismos. ¡Cómo si no disputar con éxito las migas de pan, los restos de galletas rancias o los barquillos a las glotonas palomas! No eran, no era ciertamente, tan escandalosos como los vencejos. Lo suyo era pasar desapercibidos. Nada mejor para llevar a buen término la tarea que se había propuesto: descubrir por qué aquel hombre estaba dispuesto a exterminar a todos los pájaros del mundo por el expeditivo método de acabar con la base de su sustento: los insectos.
Luis Mejía (Sevilla - España)
CAPITULO 8
"De nuevo ese gorrión", pensó. Había vuelto la cara sintiéndose observado. "Paranoico. Estás paranoico! casi gritó. Por un momento pasó por su mente la idea de que el gorrión fuera el mismo que, varias semanas antes, compartió, desde el otro lado de la cristalera, su alegría por un descubrimiento que ahora se evidenciaba con un inmenso error de cálculo. Desechó la idea por disparatada. Cómo un humano puede distinguir un pájaro de otro? Imposible. Recordó los problemas que en Estados Unidos se le planteaban a la justicia y a la policía cuando, por ejemplo, un asiático debía que identificar a un ciudadano de color o viceversa. "A mi también todos los japoneses me parecen iguales", concluyó. Y no era una opinión sin fundamento. Pensaba en los directivos de la multinacional propietaria del laboratorio. Tres personas y una sola cara: inexcrutable, pero siempre amable. Perderían su flema más que inglesa cuando fueran informados de los últimos acontencimientos? Estaba convencido de que así sería, pero él no estaría allí para verlo. Seguramente le despedirían mucho antes.
Podía estar loco pero no ciego y menos sordo. Y si no sufría de alucionaciones, que no lo creía aunque razones tuviera para ello, aquel gorrión intentaba llamar su atención picoteando sincopadamente sobre el cristal. Por un momento creyó entender lo que parecía ser un mensaje. No era posible! Aquel picoteo respondía a pautas que le resultaban conocidas. Tac-tact, tac-tac-tac... Un mensaje en morse? Intentó recordar los rudimentos de los mensajes codificados aprendidos como una broma en su ya lejana etapa de boy-scout.
"L-A, espacio, F-Ó-R-M-U-L-A, espacio, E-S...". Aguzó el oído y comenzó a tomar notas frenéticamente.
Esperanza Molero (Castellón - España)
CAPITULO 9
UN espacio GENOCIDIO espacio PARA espacio MI espacio ESPECIE. Aquello era increíble. Sin duda alguna debía de estar loco. Era imposible que un pajarillo se comunicase con él a través del código Morse, pero el ruido que el gorrión producía con su pico iba creciendo en intensidad, cada vez más, hasta hacerse atronador.
En ese momento despertó. Tenía la garganta seca, la boca pastosa y los miembros entumecidos. Apenas dos horas de sueño le habían dejado para el arrastre. No sólo había perdido el tiempo, sino que había sido víctima de una pesadilla. Hacía años que no era víctima de ninguna, es más, casi no recordaba la última vez que había soñado.
Tardó unos momentos en recuperarse, pero la desorientación de que era víctima empezó a disiparse. Tenía que volver al trabajo. Su ordenador, aún conectado a Internet, emitía el sonido que le avisaba cada vez que tenía correo electrónico. En un par de segundos pulsó el icono correspondiente y pudo leer un enigmático contenido:
LA VEJEZ
Te fallará la voz,
la vida será en el ojo
un incierto coro
de sombras que se retira.
Acaso sepas de ti
poco más que el nombre
y el tacto de tu piel.
No recordarás fechas
o lugares ni habrá más besos
en las calles. Nada.
Apenas la lluvia alejándose.
Aquello era un poema. No cabía duda. Desde el instituto no había vuelto a leer uno. No tenía ni idea de cómo era que lo había recibido. Tampoco el nombre del remitente le sonaba de nada. Lo leyó otra vez, luego una vez más, y otra y otra hasta que se lo aprendió de memoria.
Venía firmado por Vicente García Marín de Espinosa, pero el nombre no le dijo nada. Acudió a su archivo, pero el tal García no aparecía por ningún sitio. Se preguntó quién sería aquél tipo, pero no encontró respuesta alguna. Se le ocurrió consultar la guía telefónica, pero no había nadie con aquella combinación de apellidos.
En ese momento de frustración supo lo que tenía que hacer: consultar la guía, pero a través de Internet. Si ese elemento estaba en su país, seguro que daría con él.
[;-) Vicente García Marín de Espinosa (;-). (España) vicente@interplanet.es
CAPITULO 10
Bueno, pues Vicente no existía ni en las guías ni en la red, y el mensaje de respuesta al remite que traía el paquete original acababa de ser devuelto, después de rebotar exactamente en 6.969 servidores de los cinco continentes, por dirección desconocida.
En fin, todo el mundo sabe que existen hackers capaces de hacer cualquier cosa a través de un módem, pero un hacker poeta que se tomara tantas molestias era cosa nueva.
Desde luego el asunto no hubiese tenido más trascendencia en un día normal, pero aquel no estaba siendo un día normal. Extraños sueños de gorriones heróicos y cucarachas, recuerdos hace tiempo domesticados que afloraban vívidos y dolorosos y cierto descontrol, más bien entristecedor, en su pequeña parte de la red mundial de ordenadores.
Estaría caducada la centramina que se había tomado apenas cuatro horas antes, al salir del laboratorio? Ese día había conseguido probar su idea de interferir, para destruirlas, en el centro mismo del funcionamiento social de la mayoría de las más de quinientas mil especies de insectos y además, con una sensación ambigua entre la seguridad del problema resuelto y el vértigo de los abismos insondables; había vislumbrado la posibilidad de que sus resultados fueran generalizables a otros grupos de artrópodos, quizá de vertebrados y, por qué no?, a cualquier estructura que dependiera de la comunicación fiable entre elementos, en cierto sentido autónomos, para funcionar.
Francisco Claro Izaguirre (Madrid - España). fcoclaro@cu.uned.es
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