Lo de ayer, lo de ahora, lo de siempre

Por Gabriel Molina Eguíalis




En el corazón de la cebolla,
con el sabor de Dios,
crece mi alma.
Mi alma crece a todas horas hasta hacerse pequeña.
Sigo el vuelo magnífico de las moscas,
me atraen el escarabajo y las hormigas,
amo el grano de arroz con que me alimento
las palomas sin alas.
Apasionadamente estoy en las cosas del día,
desesperadamente.
No puedo negarme a lo que viene
con manos a tocarme,
a lo que está con bocas y con ojos llamándome,
a lo que soy con diferente nombre.
Así, sudo mi alma,
digo mi corazón como una letra,
me doy igual que una moneda.

Jaime Sabines

 

CAPÍTULO 2

Sudaba copiosamente a pesar de ser de mañana -ni por asomo se sentía el viento que en ocasiones se colaba por el mosquitero de la ventana del baño-. Con el cigarrillo entre la boca, debajo de los espesos y anchos bigotes, se embadurnaba la cara del jabón con la brocha de pomo de carey y cerdas de crin de caballo. El rastrillo reposaba atento y preparado con una hoja Guillette nuevecita.

Como puedo estar tranquilo después de lo de anoche! Si no hubiera sido por las recomendaciones del cabo Suarez a estas horas estuviera frito; justo donde el me dijo fueron a pegar las balas!: Con lo cansado que venía y sin cenar me dieron ganas de no cambiar el catre al fondo, lejos de la pared y la ventana, pero el miedo no anda en burro así que eso me salvó la vida. Vaya que es pinche este quehacer de ingeniero.

En fin, para qué me hago sangre si tengo por delante un día por demás duro de trabajo; en un rato más deben de dar la primera tronada de la pedrera y es necesario arrancar la planta de trituración, además al tipo que me baleó ya se lo cargaron los soldados y éstos andan averiguando quien lo mandó a hacerme el favorcito.

El agua fresca que caía por la rudimentaria regadera lo sacó de sus pensamientos. Se colocó sus amplios calzoncillos, su camiseta de punto de algodón y casi como uniformado los pantalones y la camisa de gabardina, ambos del mismo color caqui; se calzó las botas sobre las tobilleras blancas de algodón que dobló cuidadosamente por encima de ellas; se puso, por último, sus lentes para el sol, esos de aviador con arillo metálico dorado, encendió su tercer "Casinos Extra" y con el Saracof en la mano salió rumbo al comedor.

El calor húmedo le pegó en la cara y un ligero ardor en el estómago le recordó la apremiante necesidad del alimento; cruzó rápidamente el polvoriento espacio que quedaba entre su caseta de madera y lámina y el comedor que administraban los chinos; el lugar estaba casi en penumbra y dado que aun no tenían planta eléctrica, las lámparas Coleman de gasolina sólo se prendían al anochecer; el amplio galerón estaba ocupado por dos largas mesas de tablones y bancos largos de madera, el mantel lo constituía una tela ahulada adornada con dibujos de florecítas; distribuidos uniformemente varios saleros y azucareras de cristal constituían el único adorno, aparte de los platos y cubiertos de loza blanca que cada ocupante tenía enfrente.

- Buenos días muchachos.
- Buenos días patrón -contestaron a coro las diez o doce personas que entre obreros y empleados de confianza desayunaban esa mañana.

Más tardó en tomar asiento que el que le sirviera un chino la tasa de oscuro, caliente y oloroso café.

- Gracias Samuel, sírveme por favor mi par de huevos tibios y un buen pedazo de cecina con frijoles.
- En seguida Señol Ingenielo, en seguida.

Ignacio se había sentado al lado de un singular hombretón, que bestía una gruesa camisa de lana a cuadros y como si fuera poco, amarrado al cuello llevaba un paliacate rojo anudado con un bien hecho nudo; parecía no importarle en nada el calorón y solo por cortesía con el Superintendente se había quitado el casco metálico de aluminio. Una singular cara rubicunda, poblados bigotes, negra y espesa cabellera y unos ojos que parecían dos grandes canicones negros complementaban la fisonomía de "El Colorado", Amador Bárcenas Certuche, el Sobrestante General de Excavaciones.

- Buenos días Amador, cómo va todo.
- Requete bien Inge, los Tracdrills acabaron de perforar el frente inicial del banco y a estas horas el poblador debe de estar terminando de cargar el nitrato de amonio y de hacer la conexión de los fulminantes, yo mismo me cercioré hace un ratito.

De pronto el chirriar de las cigarras, el piar de los zanates y hasta los hombres se quedaron en silencio, como si presintieran algo. El estruendo fue fortísimo, como un rugido sordo penetrante, luego el remezón y por último el fuerte olor del explosivo quemado.

Justo en el momento uno de los chinos caminaba por el centro del comedor, cargado de platos y vasos sucios, cuando el techo por poco se le viene encima: una roca de regulares dimensiones callo justo a unos cuantos centímetros del asustado chale.

Era raro, en verdad rarísimo, que aquello ocurriera pero Nacho no se sorprendió demasiado, siempre que se rompe un nuevo frente de excavación las cosas se vuelven imprevisibles, la energía del explosivo se acumula por la falta de salida natural de las piedras y éstas se elevan a alturas insospechadas cayendo, en ocasiones, lejos del lugar de la explosión. Eso era lo que justamente había ocurrido.
Bien sabía que ninguna obra se salvaba de incidentes pero tres seguidos eran muchos: como era posible que primero los balazos, luego el muertito y luego la piedrota. Tendría que hacer algo rápido antes de que se le alborotara la raza.

- A ver Amador, pélate de volada por una carretilla al almacén.
- Y ustedes muchachos ayúdenme a quitar tanto chingado palo para descubrir esta jodida piedra.

Tan pronto llegó la carretilla y ayudado por todos, el propio Ignacio la colocó sobre ella y ordenó la sacaran del lugar.

Con paso lento y entre mil comentarios y murmullos le siguieron en inquieta, aturdida y extrañada procesión. Caminaron lo menos dos kilómetros hasta un alta loma que dominaba el extenso valle, desde donde se distinguía claramente la obra de canalización y al fondo el barranco, la vía del ferrocarril y el enorme y elegante puente de acero que lo cruzaba.

- Colorado, despeja con los muchachos una área de tres por cuatro metros y coloca la piedra en la esquina que de al sur.
- Ahora sí muchachos, ésta será la primera piedra de la capilla de la Virgencita de Guadalupe, en verdad que nos calló que ni caída del cielo.

En realidad para Nacho las pedradas tenían un gran significado. De muchacho las piedras habían sido la causa de su desdicha, la de su padre, de su madre y sus hermanos.

Claramente recordaba aquella soleada mañana de abril cuando sus hermanos y él, acompañados de algunos amigos, formaban un aguerrida palomilla: se habían dado cita a las orillas del bordo formado al lado del río Magdalena, en el barrio de Chimalistac, del poblado de Coyoacán, justo al lado de las altas bardas de las grandes huertas de su padre y otros terratenientes. A sus siete años aquello era toda una aventura. Su hermano mayor, Abel, comandaba la tropa que armada con sendas resorteras se prestaban a hacer frente al enemigo, constituido por los dos hijos del General Amador y seis o siete escuincles más.

Las dos huestes se encontraron puntualmente en el campo de batalla y los gritos y el zumbar de las pedradas se mezcló con las leperadas y ayes de dolor.
De pronto Nacho descubrió al comandante enemigo, Joaquín Amador, mocetón moreno y alto de trece años de edad, armó con presteza la resortera y a no más de trece pasos disparó la certera piedra. De pronto se hizo el silencio, el proyectil había dado en el blanco, que digo en el negro que se desplomó desde los dos metros de altura de la barda en que se parapetaba quedando desmayado y sangrando por la herida que, justo arriba de su ojo derecho, había recibido.

Con un susto de los mil diablos se retiraron todos dejando en manos del otro hermano al caído, el cual amenazó a todos de acusarlos con su papá.
Muy lejos estaban de conocer las consecuencias. Sabían que el General era un hombre burdo y de una fama terrible y que probablemente los supondría un severo regaño por su padre que, al enterarse del acontecimiento, también montaría en cólera.

Sin embargo todo sucedió con suma rapidez. No habían dado las siete de la tarde de aquel sábado cuando el portón fue golpeado sonoramente por un pelotón armado del ejército mexicano que, sin dar la menor explicación, detuvo a Don Abel Medina.

El castillo de San Juan de Ulúa había sido construido en el siglo XVII para proteger a la ciudad de Veracruz de los ataques de los piratas y posteriormente de la invasión francesa y la ocupación americana; aislado prácticamente de tierra constituye un pequeño islote de altos y oscuros muros de piedra que por muchos años se convirtió en una de las más temidas y terribles prisiones.

Atado de pies y manos, amordazado y con los ojos vendados fue conducido casi sin comer ni beber a aquel lugar. El silencio y la falta de explicaciones aumentaron el terror que sentía Abel, el país se encontraba envuelto en la revolución y todo era un caos.

Por fin, entrada la noche del tercer día, escuchó el ruido del oleaje y sintió el calor y la brisa marina única pista del lugar al que había sido conducido. Fue hasta entonces que se le desató y libró de la venda y la mordaza.

- Vamos cabrón, póngase estas ropas y deme las que trae puestas.
- Óigame amigo, al menos dígame de qué se trata.
- Para que chingados quiere saber si de todos modos de aquí no sale, sólo le tengo un recado de mi general Amador. Me dice que le diga que con esto se va acordar de sus pinches hijos y de la mamacita que los parió y que espera que se muera pronto.

De pronto comprendió de que se trataba. No tenia salvación posible; lo único que podía hacer era resignarse, tomar las cosas con calma y buscar la forma de avisar a alguien donde se encontraba.

La cámara en donde lo recluyeron tendría escasos dos metros por tres y una sola ventana que le era imposible alcanzar, aún subiéndose al camastro que colocó como si fuera una escalera.

Lo único amable que recibió fue la alimentación que todos los días le servían basada en pescado, mariscos, frijoles y arroz, al menos no lo matarían de hambre.

Abel acostumbrado al trato militar y a todas las argucias aprendidas en el colegio militar había dado paso a las dos o tres artimañas que tal ves le salvarían la vida.

Primero había sacado con habilidad varios billetes de su cartera dejando sólo dos o tres dentro de la misma para no despertar sospechas, introduciéndolos entre los calcetines.

Conservó también su bolsita tabaquera y las hojitas de arroz para hacerse de cigarrillos y en cuanto pudo escondió su tesoro dentro de los enmohecidos tubos de la litera.

Sabía que mientras nadie supiera de él era hombre muerto. En efecto su esposa Mariquita no supo más de él, preguntó, buscó, acudió a todos los amigos de su esposo sin conseguir nada.

Para colmo las familias de ambos se distanciaron de ellos, los recursos se fueron acabando; vendió uno a uno los negocios, la revolución la despojó de las tierras y haciendas y los muchachos tuvieron que trabajar y estudiar al mismo tiempo.

Pero aún algo quedaba de suerte a Abel: primero logró cierta amistad con los guardias a los cuales sobornó con algo de dinero, consiguió un pequeño lápiz disque para marcar los días de cautiverio en un pedazo liso de pared; gracias a un extraño fenómeno de resonancia descubrió que podía comunicarse con uno de los presos de al lado, Anacleto Ramírez Tolentino, torvo y mal encarado criminal que, sin embargo, le tomó afecto.

La paciencia, la ruda realidad de la vida triste y solitaria y una gran voluntad de vivir fueron dando resultados; primero una frase descuidada, luego más y más datos, lugares y nombres formas de avisar o de recurrir a alguien y por último, escrito cuidadosamente en un pitillo, el recado que le salvaría la vida.

"Preso en San Juan de Ulua, busca ayuda con el Mayor Manuel Ávila Camacho, con afecto Abel Medina - Junio 1917"

- Señora un hombre muy feo la busca en la puerta, que me dijo se llama Anacleto y que lo manda su esposo con un recado.
- La mujer palideció, avejentada y triste pareció recobrarse en un instante.
- Quién es usted?, qué se le ofrece?, qué sabe de mi marido?
- Usted perdonará la tardanza patroncita pero me costó retearto dar con usted, Don Abel me encargó que le entregara esto.
Sacó entonces el hombre de entre las ropas un paquetito de papel de estraza el cual extendió temeroso a la asombrada mujer.
- Por fin Dios mío, por fin, no estás muerto, Abel!

 

Gabriel ( Kutz ) Molina Eguíalis. MÉXICO
codiseme@infosel.net.mx


CAPÍTULOS
[Anterior] [Siguiente]