Lo de ayer, lo de ahora, lo de siempre
Por Gabriel Molina Eguíalis
Hablemos poco a poco. Nada es cierto.
Nos confundimos, apenas si alcanzamos
a decir la mitad de esto o aquello.Nos ocurren las cosas como a extraños
y nos tenemos lejos.
He aquí que no sabemos.Sobre la tierra hay días ignorados,
bosques, mares y puertos."Jaime Sabines
CAPITULO 1
Llovía torrencialmente, una espesa cortina de agua bajaba del cielo y las gruesas gotas se deslizaban una tras otra en delgados y brillantes hilos de tela de araña y tropezando con el árido suelo lo empapaban todo. La flamante y roja camioneta Pickup Ford del 47 marchaba indecisa por el traqueteado caminito rural; un fulminante y brillantísimo rayo cayó a unos cuantos metros sobre el frondoso siriano que ardió de inmediato. Fulgencio, asustado, frenó bruscamente el vehículo tomando desprevenido a Ignacio que dormitaba a su lado. Las delgadas y finas manos se dirigieron veloces hacia la pistola que cuidadosamente guardaba en la funda charra, reposando en el asiento sobre el enroscado cinturón de cuero y balas, apenas cubierta por el elegante saracof.- No se asuste Inge, sólo fue un jodido rayo que le dio en la madre a un arbolito.
- Caramba, con lo cansado que estaba me quedé dormido. Qué pinche lluvia. Falta mucho para llegar a El Capire?
- No, que va, na más delante llegamos; de no ser por la tormentita hubiéramos llegado ya.
Volvió a escucharse la lluvia, el ronroneo del vehículo y un acompasado chaca chas de los limpiadores del parabrisas que limpiaban dificultosamente el agua que lo invadía por completo.
Los recuerdos se le vinieron encima, otra época otro mundo y otros rumbos.
El atardecer había dejado paso a una noche obscura y húmeda. Una pertinaz lluvia se dejaba sentir formando también el extraño decorado en la negrura al recibir las penetrantes luces del armón motorizado de vía; la máquina también era nuevecita, diseñada y fabricada en los talleres de los ferrocarriles en Nonoalco, muy cerca de su casa en las calles de Eligio Ancona. Provista de un potente motor a gasolina la máquina recorría los brillantes rieles de la vía a más de ochenta kilómetros por hora rumbo a la estación de Matías Romero en donde estaba instalado el campamento ferrocarrilero que daba mantenimiento a ese tramo del Ferrocarril del Sureste.
El potente y grande limpiador del parabrisas marcaba rítmicamente el amplio arco que permitía la visibilidad del estrecho terraplén de la vía. Bien sabía Ignacio Medina el peligro que diariamente les asechaba, amplios y altos pastizales les rodeaban y el manso, pero imprudente ganado, saltaba de un lado al otro, con la indolencia y estupidez que caracteriza a estos animales vacunos.
Clavo para riel de 100 libras por yarda, de 6 pulgadas, 337,25 gramos por pieza, 269 piezas por caja, 2.170 kilos por kilómetro de vía, eso parece ser, eso es, un pinche clavo nuevecito sobre la vía nos vamos a dar en toda la madre!
Nacho tenía una vista privilegiada por eso, desde que practicaba el alpinismo, de joven, le apodaron Aguilita. En efecto, nada se le escapaba, era el primero en encontrar los clavines de escalar, el primero para encontrar la fisura salvadora o encontrar a través de la ventisca el banderín que señalaba el campamento. Su mano se movió como entonces, como siempre, rápida y firmemente hacia la palanca del freno la cual accionó violentamente.
El pequeño vehículo trató de responder; el olor a zapatas quemadas, el vapor de agua al calentarse las vías ante la fricción del acero con el acero pero todo fue inútil, la máquina se deslizó por los mojados rieles apenas aminorando la marcha.
- Con un carajo! salten, salten que nos matamos, estamos a punto de descarrilar.
Los segundos se convirtieron en horas, todo sucedió como en cámara lenta: un golpe sordo penetrante y el vehículo se alzó por los aires como empujado por una fuerza misteriosa, luego el estruendo, los fierros retorcidos, las llamas y finalmente la explosión del tanque de la gasolina.
Para el que no ha viajado en uno de estos vehículos es difícil de imaginar la terrible impresión que puede producir un accidente. Sentados en los estrechos bancos de madera con cojines duros forrados de cuero, con un parabrisas al frente y un pasamanos a los lados no existe protección alguna, ni techo, ni puertas, nada, solo la sensación de la velocidad del aire de la lluvia de la selva circundante borrosa y verde.
- Muchachos, muchachos, donde están, qué les ha pasado? Contesten.
Uno a uno todos fueron contestando entre quejidos y leperadas.
- Aquí estoy Inge no me pasó mayor cosa que un puto chichón de miedo y una buena torcida de patas, pero nada más.
- Y tu Nicanor, dónde carajos andas?
- El madrazo del Marrano se lo dio justo sobre mis huevos Patrón, pero fuera del descontón estoy bien.
Del tercero sólo se oían bufidos, quejidos y mil leperadas. Rogelio Carrasco, el intendente del almacén, flaco, alto pero fortísimo, había caído justo sobre un espinoso matorral y entre la escasa luminosidad, producida por el armón incendiado, se le veía frenético y desesperado por incorporarse.
- Me cago y recago en su puta madre! De todos los jodidos y pinches arbolitos me tenía que caer del cielo esta recontramadreada plantita, a ver cabezones si me ayudan a salir y a remendarme las nalgas, que hasta los cojones tienen espinas.
A pesar del percance a Nacho no le quedó más que sonreír. Se incorporó de un salto y rebuscando debajo de la manga para el agua sacó su moderna linterna Everedy de cinco pilas y prendiendo su cigarrillo Casinos Extra se dirigió hacia el armón en silencio.
Sólo un muerto, Fidencio, viejo y achacoso no tuvo tiempo de saltar; el corriente pero fiel chucho seguramente dormitaba bajo el asiento cuando sobrevino el accidente cayéndole encima la máquina.
Calculó con ojos prácticos el lugar del descarrilamiento y, paso a paso, caminó sobre los durmientes buscando la señal del impacto. Ahí, precisamente sobre el borde del terraplén, junto al durmiente estaba aún caliente el clavo de vía doblado formando un arco brillante y nuevecito.
- Qué cree usted que nos pasó, Inge?
- Pues verás Nicanor, se me figura que algún escuincle nos colocó una piedra no más para ver que pasaba y en cuanto empezó a llover o quizás por el susto, se largó de aquí, no hay de otra.
En silencio recogieron algunas cosas, la herramienta y el equipo que se pudieran robar, el portafolio con los papeles, las gorras, sombreros y por último las loncheras. En silencio emprendieron la marcha; a buen paso en unas dos horas estarían en Matías Romero.
Sería posible que lo que había estado pensando aquellos días por fin hubiera ocurrido? Desde que había salido de la junta con el Gran Maestro Grado 33 de la Logia todo había sucedido con gran rapidez. So pretexto de que mejoraría en el sindicato y de que trabajar en el sureste era una oportunidad para los buenos sentía que todo era una trampa. Bien sabía que la desobediencia se paga con la vida, pero le habían ordenado algo que él no estaba dispuesto a hacer: provocar un accidente para que Pascual Hernández muriera era demasiado; estaba dispuesto sí a hacerle la vida imposible, lo que es más, a provocar que lo echaran del trabajo, pero a matarlo no.
Así que cuando manifestó su intención de salirse de la masonería sabía los tremendos riesgos que corría; hábilmente sustrajo los libros de las actas secretas y con ellos guardados a buen resguardo esperó paciente y serenamente las consecuencias.
El accidente fue motivo de mil comentarios, pero Nacho procuró no darle importancia al asunto, solicitó de inmediato un vehículo de repuesto y como si nada emprendió el trabajo con más enjundia que nunca; miles de metros cúbicos de balastro fueron suministrados, y los lustrosos durmientes negros en chapopote sustituyeron a los viejos y carcomidos colocados en épocas de Don Porfirio, la vía también flamante y reluciente fue colocada como vía ancha dejando provisionalmente en el medio los antiguos rieles, que luego serían retirados, en cuanto las modernas locomotoras y vagones empezaran a circular.
El trabajo rindió frutos. Los resultados eran innegables y el tramo quedó listo justo a tiempo para dar paso al lujoso tren Olivo del Presidente.
Don Manuel Ávila Camacho, bajó elegantemente vestido de blanco, con un panamá finísimo y una sonrisa de oreja a oreja.
Haciendo a un lado a achichincles y comitiva se dirigió a Ignacio con familiaridad.
- Que sorpresa Nachito, no eres tú el hijo de mi viejo y buen amigo Abel?
- Si señor, el mismo.
- Pues hazle llegar mis saludos a él y a tu mamacita.
- Si señor, así lo haré
Mira por donde se aparece este ingrato amigote de mi papá, si nunca se ha acordado del viejo desde que es Presidente de la República. Bueno, al fin y al cabo nada tengo en contra de él, al contrario fue él quien consiguió el indulto que liberó a papá de la prisión de San Juan de Ulúa.
- A ver Nacho indícame tú el camino y muéstrame lo que me tienen preparado.
Para fortuna de Nacho él mismo había ayudado a los ingenieros de México a montar los paneles con las fotografías y los planos y con la prodigiosa memoria e inmejorable dicción que tenía no titubeó ni una sola vez, contestando a todas las preguntas que se le hacían.
Todo terminó en una sabrosa comilona, al calor de la espumosa cerveza obscura y de la tertulia entre obreros, funcionarios, periodistas y demás caterva que conformaban el séquito presidencial.
Es probable que aquel encuentro fuera determinante para el joven ingeniero, nadie se atrevería a actuar en su contra o de su familia, a lo más lo único serían las presiones y la carga exagerada de trabajo.
El día siguiente le deparó dos grandes sorpresas: la primera fue la visita inesperada de Emiliano Archundia, el relamido líder de los ferrocarrileros, connotado masón, de alta y robusta figura con el pelo güero, casi albino, que le valía el apodo del Rubio Archundia.
- Que tal Nachito como amaneció el consentido del Sr. Presidente.
- Mira Güerito conmigo no te andes con mamadas, Qué carajos quieres?
Sólo la férrea mirada y un ligero rubor en la cara requemada por el sol podían indicar el profundo desprecio y rencor que guardaba Nacho hacia el individuo.Algo gordo!, alguna transa se trae éste para venirme a ver como si nada.
- Pues verás Nacho tu conoces bien a Eulogio Batista, el dueño de la pedrera "El Amatito", nos propone un negocito...
El hombre palideció, había visto sobre el escritorio de Ignacio el clavo de vía reluciente y limpio empotrado sobre una plancha de cedro cuidadosamente trabajada por las expertas manos del mismo Nacho.
- Caramba, qué original pisapapeles debió de ser un buen golpe de marro para doblar ese clavo así.
- En efecto así fue Archundia, fue un buen cabronazo, de esos que sacan chispas, lo tengo aquí para que no se me olvide nunca.
- Bueno al grano, te decía que te tengo un negocito. Batista está dispuesto a pasarnos la mitad de la lana de unos cien a ciento cincuenta furgones de balastro, simulando la entrega de los mismos dándoles vuelta, siempre y cuando tu avales con tu firma la entrega y modifiques los reportes topográficos. Que piensas?
- Lo de siempre, lo de siempre Archundia. Qué no entiendes que hay clavos que no se doblan?
Gabriel ( Kutz ) Molina Eguíalis. MÉXICO
codiseme@infosel.net.mx
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